Publicado en El Deber el viernes 19 de abril de 2019

Periódicamente, Ingrid Steinbach, directora de la revista Aportes de la Comunicación y la Cultura, editada por la Facultad de Humanidades y Comunicación de la UPSA, me hace llegar un ejemplar de esta valiosa publicación semestral. La última edición, la número 25 de diciembre de 2018, tiene un interesante y nutrido material de lectura producto de las investigaciones de sus estudiantes y docentes.

Entre los varios temas que se abordan, me llamaron la atención los siguientes: “Recuperar la utopía de la democratización de las comunicaciones a cuatro décadas del Informe MacBride” de José Luís Aguirre Alvis, que todo estudiante de comunicación debería leer. Otro, que me pareció novedoso en la temática y con conclusiones reveladoras, es el estudio de Andrea Villarroel Toyama, “Influencia de líderes de opinión en los imaginarios de jóvenes de Santa Cruz sobre la homosexualidad”. Y finalmente, una aproximación a una innovación tecnológica que ha conquistado el tiempo libre de muchos: “Usos, hábitos, actitudes y experiencias de jóvenes universitarios en el consumo audiovisual de Netflix” de Noelia Mejía Wille. Estos tres, junto a otros sesudos ensayos que contiene la revista, son una muestra del aporte investigativo de la universidad para la comunidad que los cobija.

Santa Cruz de la Sierra, por el tamaño de su población estudiantil, es el polo de educación superior más importante del país, tanto así, que ha sido declarada Ciudad Universitaria. Sin embargo, esta realidad demográfica todavía no se refleja más allá de los límites de los campus universitarios, públicos o privados. Son escasos e irrelevantes los pronunciamientos y aportes desde la llamada “Alma Mater”. Nos quejamos siempre que en las aulas del mundo universitario local no se hacen suficientes trabajos académicos que aporten a la sociedad en su conjunto. Por eso mismo, no quiero dejar pasar por alto esta brillante excepción y recomendar su entretenida y gratificante lectura.

Como lo señala Ingrid, en su despedida como directora: “a pesar de las dificultades propias de un entorno local e institucional, donde la actividad investigativa está poco desarrollada, esta revista, bajo cánones académicos internacionales, ha venido aportando al conocimiento y comprensión de la realidad comunicacional y cultural (…) se ha priorizado la divulgación de resultados de los trabajos finales de grado elaborados por estudiantes de la carrera de Comunicación y también de los ensayos e investigaciones de sus docentes”.

Esto último, me hizo recuerdo de un experimento que hice cuando presenté mi trabajo final de grado en Ciencias de la Comunicación Social que comprobó que lo que se produce internamente en las aulas muere en los estantes de las bibliotecas y sirve apenas para conseguir un título profesional. Le confesé a mi asesora de tesis que a uno de los ejemplares empastados (el que se quedaba en biblioteca), le iba a dejar un billete de cien dólares americanos en la página 100 para comprobar si alguien, alguna vez, tendría la curiosidad de revisar este trabajo que obtuvo la máxima distinción en su defensa y recompensar de esta manera la búsqueda. Después de un año, volví a pedir prestada la tesis -que solo se podía consultar en la sala de la biblioteca-, y ahí estaba el flamante billete con la cara calva y larga melena de Benjamin Franklin, sonriéndome.

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