Publicado en El Deber el viernes 2 de agosto de 2019

No soy un coleccionista, en el estricto sentido del término, sin embargo, desde hace algunos años apunto en mi libreta de trabajo y en las notas del celular, todas las palabras que me llaman la atención y que podrían considerarse raras. Mis fuentes son libros, revistas y publicaciones digitales. En los últimos años, en las redes sociales, también circulan fotografías que tienen sobreimpresas voces poco comunes con extraños significados. Esta recopilación, que expone una pequeña muestra de léxicos infrecuentes, permitirá que otros aficionados aumenten su colección.

Comenzaré con un vocablo —de raíz portuguesa—, que describe una maña que tenemos algunos, que nunca imaginé que existiera: cafuné, es el acto de acariciar el cabello de alguien para adormecerlo o simplemente mimarlo. Ya que estamos en el mundo de las caricias, viene bien presentar apapachar, que sería dar una palmadita cariñosa o abrazo a una persona, que si lo decimos poéticamente, es acariciar el alma. ¿Como se dice al incontrolable deseo de apretar a alguien solo porque se ama?: gigil. Esta última no está en el diccionario de la Real Academia Española, pero a quién le importa. Estoy seguro que los académicos alguna vez sintieron también ese deseo, aunque no sepan cómo decirlo.

Justamente, para aquello que no se puede expresar con el lenguaje está el arcaico, pero bellísimo adjetivo, inefable: lo que no se puede explicar o describir con palabras por tener cualidades excelsas, increíbles o por ser muy sutil o difuso. Otro calificativo precioso es inmarcesible: que no puede marchitarse. Siguiendo con los adjetivos, uno extraordinario: sempiterno, que durará siempre; que, habiendo tenido principio, no tendrá fin.

Con relación a la luz, y los fenómenos que ella provoca, encontré una gran variedad: luminiscencia, propiedad de un cuerpo de emitir una luz débil pero visible en la oscuridad; iridiscencia, fenómeno óptico donde el tono de la luz varía creando pequeños arcoíris; arrebol, cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminadas por los rayos del Sol; conticinio, hora de la noche en que todo está en silencio; y el más revelador, mangata, para nombrar al camino de luz que deja la luna al reflejarse en el agua.

Un término que está presente en el himno cruceño y que pocos conocen es efluvio (…libertad, libertad van diciendo / en efluvios de paz y de amor) que significa emanar o irradiar en lo inmaterial. Supongo que el compositor quiso ser melifluo, que denota ser dulce, suave, delicado y tierno en el trato o en la manera de hablar. Muy cercano a la bonhomía: afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento.

En las relaciones de pareja, los humanos podemos ser nefelibatas, es decir, soñadores que no percibimos la realidad. Por eso, nos inventamos mamihlapinata, que es la mirada sin palabras entre dos personas que desean algo, pero ambas se resisten a iniciar. O limerencia, por el estado mental involuntario, propio de la atracción romántica por parte de una persona hacia otra. Para concluir, y no dejarlos aveloriados (bolivianismo que equivale a deprimido o con aire de velorio), espero que mi colección sea el petricor (olor de la lluvia sobre suelo seco) que emane después de haber regado nuestro lenguaje y florezca, como los tajibos, en el tiritar de este invierno.

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