Publicado en El Deber el viernes 26 de julio de 2019

El fin de semana, tomando café con unos amigos, uno de ellos comentó sobre la película Inglourious Basterds (2009) del afamado director, Quentin Tarantino, que tiene aires del spaghetti western y del cine bélico italiano de los sesenta. Esta galardonada cinta, protagonizada por Brad Pitt, Christoph Waltz y Mélanie Laurent, y con múltiples premios en diversos festivales cinematográficos, es una ficción ucrónica sobre la Alemania nazi.

La ucronía es un género literario que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en la realidad. La película de Tarantino, dentro de su característico y particular tejido de historias que convergen, retrata las acciones de un grupo de soldados apostados tras las líneas enemigas para sabotear las actividades alemanas. Al final, en un escenario ucrónico, este comando de fuerzas especiales aliadas, logra asesinar a la cúpula nazi durante una función de cine.

El término fue acuñado por el filósofo francés, Charles Renouvier, en su libro Ucronía: la utopía en la historia (1857), donde la define como “lo que no tiene tiempo, lo que no está alojado en el tiempo, y, en particular, en el tiempo histórico… suponiendo la posibilidad de un cambio radical de la historia por la más ligera desviación de su curso”. Esta modificación, entre otras razones, podría ser originada por: la aparición de un personaje que no existió y que, fruto de alguna circunstancia, toma el lugar de otro; la ocurrencia de una catástrofe, no producida en la realidad histórica; una decisión diferente, tomada por un personaje histórico, en algún momento más o menos crítico; un engaño o complot, muy bien urdido, que a diferencia de la realidad, no es descubierto a tiempo; etcétera.

Aprovechando los recursos que otorga este género literario, quisiera especular sobre un escenario ucrónico de las elecciones generales del próximo 20 de octubre, si los actuales gobernantes hubiesen respetado la voluntad popular expresada en las urnas el 21F. En Bolivia, el referéndum —mecanismo de democracia directa por antonomasia— decidió por mayoría no permitir la reelección de sus gobernantes por tiempo indefinido. Ese día, se le consultó al pueblo, con una pregunta cerrada, en la que solo se podía responder “Sí” o “No”: “¿Usted está de acuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución Política del Estado para que el presidente y el vicepresidente del Estado puedan ser reelectos por dos veces de manera continua?”. De las respuestas válidas, 2.682.517 bolivianos respondimos que “No”, el 51.30% del total. Sin embargo, el MAS —sin la posibilidad de que Morales sea candidato— tendría todo el derecho de participar en la próxima elección.

Las preguntas que se le plantearían al oficialismo, en esa otra realidad, alternativa, ficticia, ucrónica, serían: ¿al no poder postular a Morales, quién sería el candidato del MAS? ¿Después de catorce años de estar en el gobierno, los resultados tangibles, serían suficientes para permitirles la reproducción del poder, sin el caudillo encabezando la papeleta? ¿Qué han hecho para generar nuevos liderazgos que le den continuidad al proyecto del MAS? ¿El caudillismo —con claros rasgos autoritarios— no es un retroceso de nuestra democracia?.

Fotografía: Rodrigo Cortez.

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