Publicado en El Deber el viernes 28 de febrero de 2020

Cuando nos referimos al clima político actual, una pregunta constante y repetitiva, tanto en las charlas familiares o con los amigos, es: ¿y ahora qué?  Si bien hay una sensación de alivio y esperanza después de haber derrotado a la tiranía, el humo y la bruma que dejó ese incendio autocrático nos hace respirar dudas e incertidumbres sobre cómo nos proyectaremos hacia el futuro. La incógnita de lo que vendrá genera una sensación de perplejidad e inseguridad que debe resolverse lo más pronto posible.

El paso del autoritarismo a la democracia demandará un nuevo equilibrio de poder y un reacomodo de las fuerzas sociales y políticas. Frente al temor de retornar a viejos esquemas y amenazas de retrocesos, existe un deseo colectivo, que no está siendo satisfecho, de descubrir nuevos liderazgos. Además del anhelo de la irrupción de nuevos actores, es irrefutable que, por efectos del desarrollo económico, habrá un desplazamiento territorial del centro del poder. Frente al aparente fracaso del Estado Plurinacional con autonomías departamentales mutiladas, se tienen que discutir y evaluar nuevas formas de administración y gestión pública. Una mayor descentralización del poder podría generar condiciones favorables para debatir, por ejemplo, un proceso federal.

En estos últimos años, se han conquistado derechos colectivos, culturales y de pertenencia que no se pueden desconocer. Sin embargo, todavía la plurinacionalidad no se la siente en las calles ni en sus ciudadanos. La polarización persiste, y así se refleja en el escenario político partidario que nos muestran las encuestas. Es necesario reconocer y aceptar al otro. No terminamos de vernos como iguales en la diferencia y no nos respetamos en la diversidad. Nuestra cultura democrática es todavía endeble. Necesitamos procesos largos, continuos y permanentes  de convivencia ciudadana dentro de una cultura de paz y reconciliación entre bolivianos.

En lugar de perder tiempo en nimiedades y hechos anecdóticos, los candidatos a la presidencia deberían estar debatiendo los principales retos de la reconstrucción del país, entre los que se destacan: restablecer la independencia de poderes de los órganos del Estado; diseñar un sistema meritocrático para elegir nuevas autoridades en el órgano judicial; apostar a la calidad, y con mayores presupuestos, para los servicios públicos de educación y salud; y generar condiciones económicas, legales y tributarias para emprendimientos que ofrezcan empleos a los más jóvenes, que fueron los principales actores que provocaron este cambio.

Sin volver al neoliberalismo, se debería explorar un modelo económico que supere el actual extractivismo rentista y el ineficiente y corrupto capitalismo de Estado, con empresas deficitarias y poco competitivas, que nos dejó el masismo. Las políticas públicas deben apuntalar las capacidades productivas de la gente para generar riqueza a partir de sus potencialidades, siendo más creativos y generando más valor que la sola apuesta a las tradicionales exportaciones de recursos naturales.

Las crisis son parteras de grandes cambios, este 2020 puede ser un punto de inflexión que traiga nuevas y mejores oportunidades para un pueblo que se merece un mejor destino. El devenir de esta historia está por escribirse.

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