Publicado en El Deber el viernes 27 de marzo de 2020

Cuando uno mira las imágenes de uno de los supermercados más copetudos de Santa Cruz de la Sierra con sus estantes vacíos, sus pasillos y cajas registradoras abarrotadas de frenéticos compradores; u observa a militares bolivianos que fueron a controlar la prohibición de circulación, escapando de las piedras lanzadas por iracundos vecinos de uno de los barrios más pobres de Oruro; o se entera de las insensatas declaraciones de unos alteños, afirmando que “porque comen chuño están protegidos y blindados de cualquier virus”; o lee mensajes falsos y absurdos que, personas con formación universitaria, hacen circular por WhatsApp; y, además, escucha a unas jóvenes catalanas, cuando aún a la pandemia le sobraban respiradores, decir que “aprovecharían el receso de clases para salir de tapas”; cae en cuenta que la estupidez no discrimina en función del saldo de las cuentas bancarias, la instrucción escolar, los credos religiosos, el color de la piel ni por la falta o exceso de oxígeno en el ambiente.

Un virus es un microorganismo compuesto de material genético protegido por un envoltorio proteico, que causa diversas enfermedades, introduciéndose como parásito en una célula para reproducirse en ella. Es una entidad química con algo de material genético que no se reproduce ni se alimenta por sí misma. Puede permanecer inerte sin hacer nada. Si no está en contacto con células no hace absolutamente nada. Uno de los filósofos de moda, el esloveno Slavoj Žižek, después de describir las características de estos entes, decía: “los virus son estúpidos o son la estupidez misma, el absurdo en persona”. Žižek se preguntó públicamente: “¿puede haber algo más estúpido que un virus?”.

Con solo mirar a nuestro alrededor, podríamos afirma que sí: seres humanos infectados con el virus de la estupidez. Si bien estos sujetos son parte de la especie del orden de los primates, perteneciente a los homínidos; poseen, en algunos casos, capacidades mentales que les permiten inventar, aprender y utilizar estructuras lingüísticas complejas, lógicas, matemáticas, escritura, música, ciencia y tecnología; se los observa como animales sociales, capaces de concebir, transmitir y aprender conceptos abstractos; incluso, se los ve caminar sobre dos pies y tienen características anatómicas reconocibles y compartidas y, además, hasta poseen un organismo con complejos y enmarañados sistemas atómicos y celulares; al final, aunque en menores grados, a veces sonríen y nos confunden, su comportamiento los delata.

El paciente cero, infectado con el virus de la estupidez, está entre nosotros desde el inicio de los tiempos. Es parte consustancial de la especie humana. Para desgracia de la Tierra, y de los seres vivos que la habitan, esta intangible enfermedad nos hace a todos víctimas y contaminantes. Ningún centro de estudios científicos le ha dedicado la investigación que merece, no tiene gráficos que muestren su evolución, no existen curvas que nos revelen si su crecimiento es lineal o exponencial, no es visible en ningún microscopio ni escáner, y hasta la fecha, no ha provocado alarmas sanitarias ni cuarentenas de ningún tipo en toda la historia de la humanidad. La estupidez humana es más mortífera que cualquier virus y nadie está experimentando vacunas, remedios o paliativos para combatir sus efectos destructores.

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