Hace algunos días, con un nudo en la garganta, escuché y vi imágenes de bandas de música de la Policía Boliviana interpretando la canción “Resistiré” como un homenaje y aliento al personal de salud de los hospitales públicos de Santa Cruz y Cochabamba. En ambos departamentos, los uniformados junto a reconocidos artistas locales, inundaron con melodías, ruido de sirenas y buenas ondas los alrededores de los hospitales Viedma, Salomón Klein, Obrero y Japonés. Esta canción de finales de los ochenta, cantada desde las ventanas y balcones españoles, pertenece al “Dúo Dinámico”, y se ha convertido en un himno de resistencia planetario frente a un enemigo invisible que está diezmando y tiene en cuarentena a la especie humana.

“Resistiré, erguido frente a todo / me volveré de hierro para endurecer la piel / y aunque los vientos de la vida soplen fuerte / soy como el junco que se dobla / pero siempre sigue en pie…”, dice parte de la letra que, aunque originalmente no fue pensada para estos héroes de bata blanca, retrata las riesgosas circunstancias y los difíciles momentos a los que se están enfrentando en esta aterradora pandemia.

Médicos, enfermeras, laboratoristas, dietistas, auxiliares, choferes de ambulancia, personal de limpieza, son los soldados de primera línea de batalla que, en muchos casos, sin las condiciones e implementos de bioseguridad ideales, afrontan una lucha sin cuartel para preservar la vida de sus pacientes. Esta emergencia sanitaria ha puesto en evidencia la importancia que los Estados deben darle a sus sistemas y servicios de salud pública. El filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, ya lo dijo en el siglo XIX: “Tanto prevalece la salud por sobre todos los bienes exteriores que probablemente un mendigo sano sea más feliz que un rey enfermo”. La salud no lo es todo, pero sin salud no somos nada.

A los sanitarios, que trabajan bajo una gran presión y arriesgan sus vidas, les debemos inmensa gratitud, admiración y respeto. Su comprometida labor es un símbolo de esperanza en épocas en las que el desaliento y la desazón parecen doblegarnos. Mientras, en los pocos espacios públicos en los que todavía se puede circular, como son los mercados de abastecimiento, se pide a las personas que guarden una distancia social de por lo menos dos metros, los médicos examinan a los enfermos a unos pocos centímetros de sus rostros, y no siempre con el traje de protección más adecuado.

Gioconda Belli, la reconocida escritora nicaragüense, que tiene una hija médica, tuiteó recientemente un poema (“Melissa y la pandemia”) que describe, desde la perspectiva de una madre, la noble labor de esta galena. Reproduzco un fragmento, como un tributo a todas las Melissas bolivianas y en solidaridad con los familiares de médicos, enfermeras, laboratoristas, dietistas, auxiliares, choferes de ambulancia y personal de limpieza, nuestros héroes de bata blanca, que velan por nosotros en los hospitales; mientras que en sus hogares: padres, madres, parejas, hijos, sufren en su ausencia: “Mi hija Melissa (…) / se viste como astronauta. / Deja sus niños en casa. / Deja su miedo guardado. / Y va a plantar la batalla / porque mientras quede uno / dispuesto a salvar a otro / no se rendirá la vida / la ciudad / la humanidad / y bajo un cielo lavado / habrá que recomenzar”.

 

Fotografía. Diario Página Siete, La Paz, Bolivia.

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