Publicado en El Deber el viernes 17 de abril de 2020

Cuando mi editora me desafió a escribir algo “memorable” para esta edición especial, pensé hacer un sesudo ensayo sobre la generación actual que le ha tocado ser protagonista de hechos inéditos, que solo aparecían en películas, libros de ciencia ficción o jueguitos electrónicos. O quizás, escribir sobre la paradoja de que, todo nuestro desarrollo tecnológico es inútil frente a un microscópico agente infeccioso, que está en el límite de lo que consideramos un organismo vivo y necesita de una célula para poder sobrevivir y replicarse. Pero, desde su invisibilidad y aparente indolencia, este virus inodoro, incoloro e insípido ha provocado una pandemia planetaria que no distingue razas, credos, climas o condiciones socioeconómicas y muestra con desparpajo la fragilidad de la especie humana, que se considera a sí misma como inteligente.

También, se me ocurrió que podría dármelas de futurólogo e intentar proponer algunas ideas de las nuevas formas de administrar el Estado post Covid-19 y en plena recesión mundial. Aunque es prematuro presagiar, es casi seguro que pasada la crisis, aparecerán nuevos modelos económicos, distintos de los que ya hemos probado. Contra todo pronóstico de los defensores del libre mercado, los Estados tomarán mayor control para reflotar las economías y se perderán libertades individuales para precautelar el bien común. Estos nuevos modelos, nunca más podrán ignorar que somos una pequeña parte de un gran y complejo sistema planetario y que estamos conectados con los otros seres vivos de manera interdependiente.

No voy a escribir sobre el falso dilema: salud o economía; tampoco, sobre la construcción de un mundo mejor, cuando el miedo no sea el que nos gobierne. Dejaré esos grandes y rimbombantes temas para tratar de analizarlos después. Hoy, por el contrario, intentaré responder la inocente pregunta de mi nieta que, a pocas cuadras de mi casa, no entiende porqué no nos podemos ver. Es un reto poner en papel lo difícil que está siendo querernos sin tocarnos, sin abrazarnos, sin darnos esa caricia y besuqueos a los que estábamos acostumbrados. Hemos agotado todas las instancias de comunicación digital para vernos y sentirnos, pero echamos de menos el contacto con la piel, nuestro derecho al cariño físico, al calor humano.

Inclusive, apropiándome de un cuentito que circula por las redes, lo he adaptado y grabado para darle una respuesta que pareció convencerla: “Si no salimos a la calle un día, dos, tres… o varias semanas, el bichito que nos espera oculto, y que además es muuuy desconfiado, se quedará muuucho tiempo esperando… hasta que un día, porque no nos ve en la calle, pensará que ya nos fuimos, y también se irá. —¿Por eso es que no tenemos que salir?, me vuelve a preguntar mi nieta. —Sí, engañaremos al bichito, le respondo. Cuando él deje de esperarnos, recuperaremos el regalo de abrazarnos y habremos atravesado esta aguda hambruna de la piel.

Sin embargo, mi imaginación se queda corta y no podría hilvanar respuestas para hacer comprensible el doloroso momento cuando los familiares ven salir a una persona amada, que se lleva esta peste, y no la pueden tocar por última vez. No pueden besarle la mano o la frente y ni siquiera organizar un ritual de duelo. Esta maldita pandemia nos está enseñando a despedirnos y tocarnos solo con el corazón.

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