Publicado en El Deber el viernes 1 de mayo de 2020

Intentando ver algunos elementos positivos de este confinamiento, como para que nuestras autoridades también los tomen en cuenta, quisiera destacar la importancia de las manifestaciones culturales -en todas sus expresiones- que nos vienen acompañando durante esta interminable cuarentena. Sin el arte, que es un componente de la cultura, y que nos permite expresar ideas, emociones y una visión particular del mundo, este encierro forzoso sería aún más terrible.

Como en ningún período de la historia de la humanidad, todo lo que hacemos estos días en torno al ocio es cultural. A quienes nos gusta leer, nuestras lecturas y relecturas nos brindan la posibilidad de escaparnos de la reclusión a través de las páginas de los libros (físicos o digitales) y visitar espacios, tiempos y personajes que, naciendo de la imaginación de un autor, los hacemos nuestros. La web, en sus infinitos sitios, también nos permite acceder, gratuitamente, a lecturas de formación y complementación profesional, que antes de la cuarentena, nunca hacíamos.

La pantalla de nuestro televisor, computador, tableta o teléfono celular es una puerta al exterior por la que podemos ingresar a funciones de teatro, a la cinematografía mundial, a estudios y atelieres de artistas plásticos, a veladas poéticas o a aprovechar los recorridos que los principales museos del mundo han puesto a disposición de sus visitantes virtuales. Incluso, algunos de ellos, han pedido que escojamos cuadros, para intentar recrearlos en casa y exponer nuestras fotografías en redes sociales. Hay toda una galería de puestas en escena, bastante ingeniosas y humorísticas, que reproducen obras universales con materiales caseros.

El escritor mexicano, Juan Villoro, con fino humor, señaló en un reciente artículo que “desde hace siglos, el esfuerzo de lavar la ropa se supera cantando”. Se viene transmitiendo, en vivo, una extensa cartelera de conciertos musicales gratuitos. Desde música clásica con orquestas sinfónicas, hasta presentaciones íntimas y muy cercanas, en las que un músico, desde un espacio doméstico, ofrece un concierto acústico, vía streaming. Quizás, el punto más alto en la movida musical de cuarentena, ha sido el recital en el domingo de Pascua del afamado tenor Andrea Bocelli, frente al majestuoso Duomo de Milán, la ciudad italiana más afectada por esta pandemia.

El aislamiento nos ha hecho descubrir sistemas de videoconferencia que están dando vueltas hace mucho tiempo atrás (Zoom Meeting, Hangouts, GoToMeeting) y que son espacios de reuniones virtuales entre familiares, amigos o socios. En las redes sociales compartimos y exploramos recetas de cocina y repostería; desempolvamos viejos hobbies y pasatiempos; exponemos nuestras colecciones de objetos raros; exhibimos nuestras habilidades humorísticas o de interpretación de instrumentos musicales; incluso, nuestras rutinas de ejercitación física.

El arte ha tejido una red afectiva digital que nos está permitiendo resistir al encierro. Las actividades culturales, marginadas de los presupuestos públicos, son las expresiones y formas colectivas más efectivas para confrontar el miedo. Espero que, en un tiempo más temprano que todos los pronósticos que se barajan, estos registros corales y poéticos demuestren a todos que gracias a la cultura, habremos sobrevivido.

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