Publicado en El Deber el viernes 8 de mayo de 2020

En el último encuentro virtual con mis amigos, que son parte de una asociación sociocultural que tiene el nombre del elemento central de un cumpleaños infantil, y por eso mismo, siempre regala pequeñas sorpresas desde su interior, escuché apesadumbrados testimonios que reflejan la realidad económica de diversos sectores de la población, desde los asalariados hasta los emprendedores. Hubiese querido que las conclusiones fuesen azucaradas como los confites y las golosinas que hay en las piñatas, pero el escenario post Covid-19 se presentará con un sabor amargo y desagradable.

Cuando el confinamiento obligatorio comience a flexibilizar la circulación de las personas para reincorporarse al trabajo, y exista un mercado de bienes y servicios disponibles, una de las premisas que deberíamos tener en mente —dentro de la austeridad que impondrá la situación—, es consumir aquello que tenga un impacto social directo y efectivo en nuestro entorno inmediato. Si hay dos o más opciones de un producto o servicio, deberíamos apostar por aquellos que tengan sello boliviano y que además, favorezcan a proveedores que están en una situación vulnerable. Como en ninguna época anterior de nuestra historia, el “consumir lo nuestro”, debería ser la consigna.

En la “nueva normalidad” convendrá que nuestros hábitos de consumo tomen consciencia de que comprar productos locales contribuye a reactivar la economía de nuestra región. Así como, de manera subliminal, las multinacionales influyen en nuestras decisiones de compra, es un buen momento de liberarse del control y monopolio de los grandes conglomerados globalizados. Al adquirir productos locales ayudamos al sostenimiento, fomento y creación de pequeñas empresas y puestos de trabajo en nuestra zona geográfica, en nuestro vecindario. El aumento en la demanda de productos y servicios locales repercutirá en precios más competitivos y en la mejora de la calidad de los mismos.

El consumo de lo local es también más sostenible y responsable con la preservación del medio ambiente, debido a que su cercanía evita la larga cadena de intermediaciones, reduce los gases tóxicos, costos de transporte y todos los componentes del embalaje, materiales de procesamiento y preservación de los productos, que al final de la cadena, se convierten en agentes contaminantes del ecosistema.

Si nos convertimos en consumidores responsables, con una visión solidaria y colaborativa con nuestros amigos y vecinos, habrá mayores posibilidades de reactivar nuestra economía, paralizada por la pandemia mundial. Elegir y demandar bienes y servicios de nuestra proximidad, que tienen un impacto positivo en la economía de nuestro entorno inmediato, podría acelerar la salida del periodo de recesión económica al que nos enfrentaremos y ayudaría a crear y conservar fuentes de trabajo para los bolivianos. Sin caer en nocivos chauvinismos, habrá que apostar a lo nuestro, a lo “hecho en Bolivia”.

Aunque, por consideraciones sanitarias, nos aconsejan no “darnos la mano”, valdría la pena dárnosla a través de la construcción de una economía comprometida, responsable, fraterna y solidaria que nos “contagie” de esperanza, y sea la tan ansiada vacuna para hacerle frente al miserable virus, y sobrevivir.

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