Publicado en El Deber el viernes 15 de mayo de 2020

Esta semana tuve un grato encuentro virtual con estudiantes de expresión oral y escrita, del docente Luís Montero, de la universidad Nur, a través de una plataforma digital. Como está ocurriendo en todo el sector educativo (escolar y universitario), debido al distanciamiento físico exigido, el reto ha sido trasladar las clases presenciales a un formato online, en vivo. Esta amena y enriquecedora reunión, a través de una pantalla, me hizo recuerdo de mi época de docente universitario, tanto en la modalidad presencial, como en la semipresencial. Hace más de veinte años, fui parte del programa de educación a distancia de la Nur, donde el alumno podía organizar y planificar su tiempo de estudio, a través de un sistema de aprendizaje que combinaba el uso de una plataforma virtual y clases presenciales en aula. Fue quizás, la prehistoria de la teleeducación, que tampoco es tan nueva, ya tiene algunas décadas entre nosotros, pero sólo ahora nos hemos visto obligados a masificar su uso.

Leí en la prensa que algunos expertos en educación señalan que “los estudiantes escolares aún no han desarrollado destrezas de autoaprendizaje y manejo de las nuevas tecnologías y que podrían tener dificultades en su desempeño”. Yo creo que es al revés: los profesores y los padres de familia, inmigrantes digitales, no tenemos la habilidad para el manejo de estos innovadores soportes. Los alumnos, nativos digitales, los manejan casi intuitivamente. Son muchas las anécdotas —risibles algunas, deplorables, otras— que están circulando a través de las redes sociales sobre las clases virtuales, debido a que casi ningún establecimiento educativo, menos aún sus docentes, estaban preparados para hacer uso de herramientas de teleeducación. Por eso es que les gastan bromas, les toman el pelo y generan lo que podría llamarse una “chacota digital”.

Hasta que la humanidad no resuelva la emergencia sanitaria, ya sea con curas milagrosas de 48 horas, que se están haciendo en Sucupira; o con una esperada vacuna que genere inmunidad adquirida, estimulando la producción de anticuerpos; todos tendremos que adquirir habilidades para interactuar en el nuevo mundo, al que se le antepone una tele: teletrabajo, teleeducación, teleconferencia, tele y un largo etcétera.

Simplificando, podría pensarse en dos grandes categorías de estas herramientas a distancia: las videoconferencias y las emisiones de video, ambas en tiempo real. En las primeras, la comunicación es multidireccional entre los participantes; en las segundas, la comunicación es unidireccional, dirigidas a un gran número de asistentes. Ambas, con propósitos y beneficios bien específicos.

Estos aparejos de la “nueva normalidad” tienen también su propia jerga, que pasará a ser parte de nuestro vocabulario post-pandemia: reuniones “en línea”, “activar” micrófonos y cámaras web, transmisión en “tiempo real”, “enlace” de conexión, “compartir” archivos y “mostrar” pantalla a los participantes, pizarra digital, habilitar o deshabilitar el “chat” para preguntas y comentarios, “ID y contraseña” de la reunión, lápiz digital, miniaturas de la webcam de los asistentes, captura de pantalla (screenshot), “silenciar” a los participantes, levantar la mano de forma virtual, “pixelar” el fondo de la webcam, “webinar”, “live streaming”, entre otros. El maldito bicho nos teletransportó a un futuro para el que no estábamos preparados.

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