Publicado en El Deber el viernes 2 de octubre de 2020

En medio de la consulta, después de haberme tomado las medidas y cuando hablábamos de la situación política del país, mi oftalmólogo —por pura curiosidad, supongo—, me pidió que haga con el brazo, la mano y el ojo, el gesto de quien dispara una pistola. No entendí bien la instructiva y él, con la traza y apariencia de Nicolas Cage que se gasta, se levantó del sillón, extendió el brazo derecho e hizo que su mano se asemeje a un revólver apuntando hacia un punto fijo, cerró uno de sus ojos y usó el pulgar como punto de mira. “El ojo dominante es aquel que queda abierto”, sentenció.

Hasta antes de esta cita médica, yo sabía que podíamos ser zurdos o diestros de las piernas o los brazos, jamás se me ocurrió que también podría ser zurdo del ojo. Este tema del dominio de los lados del cuerpo ya lo había investigado para mi libro “Crónicas de fondo” (2015). Más específicamente, para la crónica “Sucre, contra las agujas del reloj”, donde intento despejar una curiosidad que me llamó la atención sobre los corredores del parque Bolívar que, en su gran mayoría, corrían o caminaban en sentido contrario a como lo hacen las agujas del reloj.

Nuestro cerebro está subdividido en dos hemisferios: el derecho y el izquierdo. Salvo casos excepcionales, cada hemisferio gobierna una serie de funciones y también la mayor parte del lado inverso del cuerpo. En la mayoría de las personas se da una prevalencia de uno de ellos. Esta especialización es lo que llamamos lateralidad (diestra o zurda) en función del hemisferio cerebral dominante. Sin embargo, dentro de la fauna humana coexisten todas las combinaciones que uno se puede imaginar. Estamos, por ejemplo, los que somos diestros de la mano y zurdos del pie (y recién ahora lo averigüé, zurdo del ojo también). Esto se conoce como lateralidad cruzada. Y salvo excepciones —que confirman la regla—, estos “cruzados” pasan desapercibidos y deambulan entre las multitudes sin que nadie note nada raro en su comportamiento.

El comportamiento que, en estos tiempos electorales es raro, es el de encontrar candidatos con una cierta formación en ciencias políticas. La gran mayoría, de todo el espectro, llegarán a ser asambleístas declarando que “ser socialista es ser sociable” y cosas por el estilo.

La clasificación de izquierda o de derecha ha pasado de moda, pero sigue siendo útil para analizar y evaluar las propuestas de quienes aspiran a ser gobernantes: más o menos progresistas o conservadores, en el eje social; mayor o menor socialismo o capitalismo, en el eje económico.

La diferencia de enfoque a la hora de gobernar es una variable clave para entender esta “lateralidad” en la política y la economía. Simplificando: según la ideología de izquierda, el igualitarismo y el fortalecimiento del conjunto de la sociedad se logra a través de una significativa presencia estatal; mientras que la derecha sitúa al individuo en el centro de sus políticas. La primera, desarrolla políticas para crear un estado del bienestar, sufragado por los impuestos ciudadanos, en función de sus posibilidades. La segunda está más centrada en el individuo y la iniciativa privada. Se favorece la economía de las empresas para que sean éstas las que generen la riqueza en un país, con la menor intervención estatal posible.Sin embargo, la realidad es mucho más compleja que este maniqueísmo. El nuevo gobierno necesitará mucha “lateralidad cruzada” para enfrentar los descomunales retos sanitarios, económicos y políticos. Ser “sociable”, ayuda, pero no alcanza.

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