Publicado en El Deber el viernes 9 de octubre de 2020

A finales de los 70, y principios de los 80, sin poder precisar quién las adquiría, las tiras cómicas de Mafalda, reunidas en libros apaisados de “Ediciones La Flor”, se las podía encontrar en diferentes partes de mi casa materna. Las historias, las frases y los personajes creados por Joaquín Salvador Lavado Tejón, alias Quino, eran motivo de parafraseo, charlas, burlas y juegos en mi entorno familiar. De algún modo, crecimos rodeados y alimentados por las ácidas e irónicas reflexiones de esta niña que odiaba la sopa, amaba a los Beatles y al Pájaro Loco.

Aunque no me fío de las reacciones de las redes sociales, que cuando muere algún famoso aparecen miles de seguidores y fanáticos publicando fotografías o comentarios alusivos al difunto, creo que en el caso del ilustre mendocino, un par de generaciones de buena parte de América Latina crecieron también leyendo las cavilaciones y ocurrencias de esta “nena” que hablaba, con un humor cáustico, sobre el orden mundial, el capitalismo y la economía.

Pocos deben saber que, paradójicamente, esta chiquilla contestaria fue fruto de las necesidades de la sociedad de consumo. Mafalda fue —inicialmente—, concebida para anunciar electrodomésticos. A Quino le encargaron diseñar una familia de personajes para promocionar las “doras” (batidora, tostadora, lavadora) marca Mansfield. Por eso era necesario que los nombres comiencen con la letra M. La campaña publicitaria no prosperó y el genial dibujante reservó su criatura (y sus futuros acompañantes: Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito, Guille, Libertad) para mejores propósitos.

En una feria del libro de Santiago, por pura casualidad, tuve la oportunidad de tomarme un café con el editor Daniel Divinsky, director del sello que es ya un emblema de la historieta argentina, porque además de Quino, publicó a otros icónicos humoristas gráficos: Fontanarrosa, Caloi, Liniers, Sendra y Maitena, todos en ese peculiar formato horizontal. Aunque intenté que me cuente detalles de su prolífica carrera profesional, él, al saberme editor boliviano, sólo quería expresar su indignación debido a que en nuestro mercado los libros de “Ediciones La Flor”, casi en su totalidad, eran versiones piratas. En 2015, me enteré por la prensa que Divinsky terminó mal vendiendo su parte del emprendimiento familiar editorial que creó con su esposa. Una ruptura amorosa, de un matrimonio de casi 40 años, fue mucho más fulminante que un exilio compartido, que los retos y desafíos económicos de la siempre volátil Argentina o que la lacra mafiosa de la piratería editorial. No creo que Quino hiciera una tira cómica de las desavenencias de sus editores, pero, si lo hubiese hecho, Manolito sería parte de la escena.

Quizás esa artera perspicacia de este humorista gráfico permitió que, aunque Mafalda perteneciera a una típica familia de clase media argentina de los años sesenta, sus preocupaciones, aspiraciones, idealismos y utopías trascendieran muchas décadas y regiones. Sus cuestionamientos sobre lo socialmente establecido, sus discusiones sobre el manejo político del mundo, su pesimismo sobre la incompetencia de la humanidad siguen siendo todavía un espejo de las inquietudes del presente siglo. Incluso, el personaje, esa “heroína iracunda”, que al comenzar la historieta tenía cuatro años, y al finalizar el ciclo de casi diez años de publicación, llega al cuarto grado de la escuela primaria, es una portavoz y preconiza el progreso social de la mujer y su contribución para alcanzar un mundo más justo y con mayor equilibrio.

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