Publicado en El Deber el viernes 19 de febrero de 2021

Hay noticias que en algún momento fueron portadas de diarios y se hizo mucho aspaviento mediático y se generaron discusiones alrededor de sus orígenes y repercusiones. Sin embargo, la repetición en los usos y costumbres las fueron arrinconando a páginas interiores o a pequeñas notas, más con un carácter anecdótico, folclórico y de menor importancia. Y al parecer, la reincidencia les ha dado cierta normalidad y pocos les prestan atención.

Una de esas noticias, que pasó desapercibida o fue apenas comentada como un relleno, ocurrió a finales de enero pasado: comunarios de Cocapata, Quillacollo, Cochabamba, vistieron al presidente de su Concejo Municipal con una pollera como castigo. Esta forma de condena social parece ser muy común en algunas comunidades. El 2015, cobró alta notoriedad, cuando el presidente del senado, en un acto de desagravio para con las mujeres bolivianas que usan pollera —junto a sus colegas parlamentarias—, se puso una pollera para dar una conferencia de prensa y repudiar esta reiterada práctica.

Sin embargo, desde ese año hasta este último incidente, he contabilizado en la prensa nacional —donde ya dejó de ser noticia de primera plana— cinco ocasiones en las que hombres y mujeres de algún municipio han vestido a sus autoridades con una pollera como forma de escarmiento.

La Defensoría del Pueblo, como es su función y no se esperaba menos, ha sido una de las pocas voces que ha condenado este hecho que menoscaba la imagen de la mujer. A pesar de que está escrito, en un texto largo y vueltero, la propia Constitución Política del Estado señala quetoda acción o mensaje que reproduzca y consolide relaciones de dominación, exclusión, desigualdad y discriminación, naturalizando la subordinación de las mujeres, ejerce una violencia simbólica. Por lo tanto, tenemos que hacer una profunda transformación de nuestros usos y costumbres, a la luz de nuevos conceptos de convivencia respetuosa.

Sin embargo, como una muestra del machismo y el patriarcado sin pantalones —al desnudo— que reina en Bolivia, vestir a un hombre de mujer para humillarlo, ridiculizarlo y denigrarlo es una de las muchas formas violentas de expresión que tenemos como sociedad. Además, en este caso en particular, devela el concepto subvalorado y refuerza estereotipos negativos que se tiene de la mujer. Y, como se ha visto en este último condenable juicio y deleznable acto de ignominia pública, el ejercicio no es privativo de los hombres, sino también de las mujeres que aplauden y festejan la penitencia; y aún más, prestan sus propias polleras como el objeto del agravio social.

Según un estudio de Naciones Unidas, Bolivia reporta el índice más alto de violencia hacia la mujer; y es el segundo en violencia sexual, después de Haití. En 2015, el 10% de las víctimas mortales de la violencia de género eran menores de 18 años; 83 mujeres fueron asesinadas entre enero y agosto de 2020. Durante la cuarentena hubo 53 casos. Dolorosas cifras que no podemos ignorar ni esconder debajo de polleras, vestidos o pantalones.

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