Publicado en El Deber el viernes 9 de julio de 2021

Al cerrar la última página del estremecedor libro Voces de Chernóbil. Crónica del futuro, de la premio Nobel de Literatura, Svetlana Alexiévich, uno no termina de asimilar el sufrimiento, el heroísmo y la incompetencia generados en la mayor catástrofe nuclear de la historia de la humanidad. La escritora bielorrusa, a través de una sucesión de monólogos, nos hace escuchar las voces de quienes sobrevivieron al desastre de Chernóbil (26 de abril, 1986). Los testimonios rescatados revelan lo que estaba oculto debajo de los escombros materiales, pero aún peor, debajo de la historia oficial, que infructuosamente los gobernantes de la ex URSS, intentaron controlar y manipular. Estas voces silenciadas y olvidadas tienen en estas páginas la oportunidad de contar su propia versión de los hechos.

Cuesta mucho no afligirse y conmoverse después de leer esta catarsis de dolor, pero cuesta todavía mucho más entender cómo las autoridades de la Unión Soviética, y quienes se hicieron cargo del manejo de esta descomunal crisis, intentaron evitar por todos los medios que se filtrara una cruda realidad de contaminación y radiación que no se resolverá sino después de un tiempo inimaginable: veinte mil años.

Los gobiernos, con tendencias autocráticas, tienen la permanente tentación de concentrar la información y comunicarla al gran público en las dosis que convengan a sus intereses y en las circunstancias que calcen mejor para sacar el mayor provecho político de aquello que deciden comunicar. Esto fue lo que hizo el presidente Arce con su último discurso y después de más de 16 mil compatriotas fallecidos por la pandemia de covid-19: reveló —finalmente—, cuántas dosis de vacunas tenemos ya compradas con los proveedores internacionales, y cuáles son los próximos pasos y tiempos del programa nacional de inmunización. Este mensaje presidencial, menos bravucón y algo más sincero, fue —de lejos— más esperanzador que la anterior arenga presidencial de principio de año —que ya se hizo “memerable”—, en la que Arce, a voz en cuello, dijo: “aguantar significa resistir… hasta que lleguen las vacunas”.

Sin embargo, hay todavía muchas facetas y secretos de Estado que una democracia robusta y madura no debería permitir. Las estrictas cláusulas de confidencialidad impiden conocer cuánto nos están costando estas compras que se pagan con el dinero de todos. Y, el tema más peliagudo, porque tiene que ver con aspectos geopolíticos y de economía global, cuáles son las concesiones y condicionamientos que nos exigen los países de origen de las empresas farmacéuticas para proveernos de vacunas. Uno de ellos, el gigante asiático, el principal suministrador, está siendo cuestionado globalmente porque, así como los soviéticos de fines de los ochenta en Chernóbil, China también ocultó intencionalmente la gravedad del coronavirus en Wuhan, mientras almacenaba importaciones y disminuía las exportaciones de suministros médicos, antes de notificar oficialmente a la OMS (Organización Mundial de la Salud) sobre lo peligroso que era el covid-19.

La ética y transparencia en el manejo de la información a cargo de los poderes públicos, que afecta a la vida de los ciudadanos, deberían ser componentes esenciales y vitales para la construcción de una sociedad libre y democrática. Su ausencia es tan nociva como la radioactividad o el virus, que no se ven, pero matan.

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