Publicado en El Deber el 16 de julio de 2021

No sé explicar las razones, pero algunas personas —aparentemente pacíficas y serenas—, cuando están frente al volante de un vehículo pueden transformarse en irascibles, coléricas e iracundas. Cuando el otro conductor o el de a pie les reclama que están parados sobre un cruce peatonal, estacionados en doble fila, frente a un garaje o se cruzan la luz roja del semáforo, la primera reacción no es una mirada de disculpa o un gesto pidiendo comprensión por el descuido o la distracción, no, la defensa frente a su evidente infracción es acudir al insulto, a los gritos, a gestos obscenos, y en casos extremos, inclusive a la agresión física.

Esta transformación en el comportamiento de ciertos conductores se percibe también cuando navegan por las autopistas informáticas. Es alarmante leer tantos mensajes de odio y violencia verbal que se desparraman en las redes sociales, en especial, en Twitter. Se escriben cosas que no se dirían cara a cara, hay una sensación de impunidad que alienta nocivos desbordes verbales. Si a esto se suma la posibilidad de estar ocultos detrás de una identidad falsa, las despiadadas manifestaciones alcanzan niveles inimaginables.

El odio es una emoción humana que consiste en desear el mal al otro. Hay una combinación de emociones negativas como la animadversión, el desprecio, el asco, la envidia y el resentimiento. Al parecer —así como el coronavirus—, estos sentimientos aversivos se contagian. Alrededor de algunos tuits, desde ciertas y repetidas cuentas y en determinadas circunstancias, se refleja una creciente espiral de violencia verbal que provoca pirámides de odio, intolerancia, intransigencia y fanatismos que rayan en la locura. Odiar es un sentimiento, no un delito, pero sí lo es incitar a la violencia y discriminación contra objetivos individuales o colectivos vulnerables.

Hay personajes que generan hechos que merecen el repudio y la censura de todo el mundo por sus aberraciones, aún así, estos deben ser combatidos con firmeza, equilibrio y serenidad. No es digno ponerse al mismo nivel ni utilizar las mismas armas de quienes con sus actos hieren de muerte a la humanidad.

Es insuficiente lo que las plataformas de comunicación están haciendo para frenar el odio en las redes. Han aumentado los controles, a través de la inteligencia artificial, para detectar algunos términos censurables y expresiones que podrían ser penalizadas o eliminadas. Sin embargo, los usuarios (“haters”, en particular) encuentran modos para expresar sus discursos y no ser detectados por esta vigilancia virtual.

Las tareas personales son las más efectivas: desde el extremo de abandonar las plataformas; eliminar, bloquear y dejar de seguir cuentas perniciosas; informarse y educarse en el manejo y uso de herramientas tecnológicas e intentar proponer narrativas alternativas que combatan el acoso y el discurso de odio en el ecosistema digital: compartir noticias buenas y esperanzadoras, alentar ideas y proyectos que nos ayuden a construir sociedades más justas, equilibradas y con oportunidades para todos. Al odio se lo combate, y se lo vence, con amor.

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