Publicado en El Deber el viernes 20 de agosto de 2021

Durante estos meses pandémicos, he tenido muy pocas oportunidades de estar en reuniones presenciales, con otros participantes, usando mascarillas. Los encuentros más frecuentes siempre han sido virtuales y a través de diversas plataformas de comunicación. Sin embargo, en la feria del libro tuve un conversatorio con la periodista Maggy Talavera para hablar de periodismo de opinión, en una sala amplia en la que habían unas treinta personas, con las sillas bien separadas, y todos usando barbijos. En esa situación, mientras conversábamos sobre el tema y exponíamos nuestros puntos de vista, tuve la extraña sensación de que el auditorio estaba ausente. La imposibilidad de poder ver la totalidad de las caras —cubiertas con máscaras—, no me permitía recibir una natural retroalimentación de las cosas que decíamos y comentábamos. Cuando uno habla en público, habla pendiente de las reacciones que provoca en quienes escuchan.

El lenguaje no verbal casi ha desaparecido o se ha reducido meramente a los ojos y la frente. Los humanos somos fácilmente dependientes del sentido de la vista. Con los tapabocas, cubriendo la mitad de los rostros, no se puede mirar cómo te escuchan. Si estas prendas serán parte del vestuario cotidiano de aquí en más, mutilando nuestra expresividad facial, tendremos que aguzar todos los otros sentidos para intentar completar el proceso de comunicación y no tener la ingrata impresión de que se está hablando con las paredes.

Esta tela, que tendremos que usar por algún buen tiempo, también mediatiza y transforma nuestra voz y su proyección. Por lo tanto, tendremos que exagerar en la prosodia, el tono, el acento y en la modulación de las palabras que dan mucha información de la intención del mensaje que emitimos, más allá de su literalidad. Algunas personas que, sin máscaras, ya eran poco expresivas, ahora emanan un tufillo parecido al personaje central de la famosa saga Star Wars. Hay una legión de Darth Vaders dando vueltas por ahí.

Estuve algunas semanas en un país angloparlante, y otro efecto irritante que he podido percibir es que el uso de mascarillas hace mucho más difícil la comprensión de un segundo idioma. Además que esta barrera disminuye los decibeles en el volumen del interlocutor, no hay la posibilidad de la lectura labial que se usa para terminar de comprender algunas frases de una lengua que no es la nuestra. Y tampoco se percibe la intencionalidad expresada por algunos rasgos faciales, que no podemos ver, y que nos ayudarían a terminar de comprender el mensaje.

Las personas sinestésicas —más táctiles—, lo tienen peor que las lingüístico-verbales, porque han tenido que dejar de tocar. Con la cara descubierta ya hay malos entendidos, nos cuesta leer las emociones. Ahora, que la tenemos semicubierta, habrá que hacer mayores esfuerzos para recibir feedbacks continuos y que la comprensión no se vea tan afectada. La gestualidad con las manos y el resto del cuerpo tendrán un nuevo papel. Habrá que ser creativos para conectarnos con los demás de otra maneras.

La poesía universal hace permanente referencia al “poder de una mirada”, como la máxima expresión de las emociones. Un famoso proverbio árabe afirma que “quien no comprenda una mirada, tampoco comprenderá una larga explicación”. Yo mismo he creído que los ojos son las ventanas del alma y que se puede inclusive acariciar con los ojos. Pero no, otro de los efectos invisibles de la pandemia muestra que una sonrisa, un gesto o una mueca dicen mucho más que un par de ojos o un arqueo de cejas. El acto comunicativo se ha quedado sin sonrisa.

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