Publicado en El Deber el viernes 27 de agosto de 2021

Cuando escribo esta columna suelo buscar algún suceso que desencadene una reflexión que comparto desde una imprudente distancia. Intento —aunque no siempre lo consigo—, mirar hechos, sitios, situaciones, personas fuera del foco de la vertiginosa actualidad informativa. Hace algún tiempo, hice esta pregunta en mis redes sociales y la vuelvo a hacer aquí, porque las respuestas que recibí no terminan de convencerme: ¿Qué creen que pasaría si, por ejemplo, Mesa, Camacho, Quiroga o cualquier dirigente político de la oposición, dijera: «…vamos a cercar las ciudades para hacernos respetar, a ver si aguantan» o «…hay que organizar milicias armadas del pueblo»?

Antes y después de estas destempladas arengas, hemos escuchado exabruptos de iguales o peores decibeles, por más de quince años. Se han cometido estafas, delitos, defraudaciones, despilfarros, ejecuciones extrajudiciales (hotel Las Américas), derroches, violaciones a los derechos humanos y una larga lista de irregularidades. Solo para citar una de las últimas transgresiones, y parece que vienen más: tienen prisionera y de trofeo a una expresidente, acusándola de “terrorista, conspiradora y sediciosa”, dejando de lado la presunción de inocencia y las garantías de un debido proceso.

¿En qué momento perdimos la capacidad de asombro? ¿Cuándo fue que, lo que a todas luces debería espantarnos, ya no nos sorprende? ¿A qué se debe esta indiferencia? ¿Este cinismo? ¿Estamos padeciendo, como sociedad, el síndrome de Estocolmo? ¿Por esta razón, nos mostramos comprensivos y benevolentes con quienes agreden y violan nuestros derechos? ¿Es tanto el miedo al poder abusivo y totalitario que nos tiene paralizados? ¿Cómo se explica esta apatía? ¿El enorme aparato propagandístico gubernamental, que estuvo rechinando en los últimos tres lustros, nos han convencido de que “hay que meterle nomás”? ¿Esos gobernantes son el reflejo de lo que somos y hacemos la vista gorda porque nos cuesta admitirlo?

Una psicóloga tuiteó que tenemos en frente a sociópatas. La sociopatía es un trastorno mental en el cual una persona no demuestra discernimiento entre bien y mal e ignora los derechos y sentimientos de los demás. Un sociópata ignora las normas sociales, tiene un comportamiento criminal y problemas con la ley, aunque no se da cuenta. Actúa con arrogancia y desfachatez. Es impulsivo. Engaña y miente repetidamente. Tima a otros para beneficio personal o por placer. ¿Conocen alguno con estas características? ¿Se imaginan a un sociópata con poder?

Creo que vale la pena responder a algunos de estos cuestionamientos e intentar entender el fenómeno que estamos padeciendo. Para una sociedad es peligroso perder la capacidad de asombro. Sorprendernos, debería ser la primera reacción ante lo equivocado, lo ilegal, lo errado, lo incorrecto. Acostumbrarnos y naturalizar lo que debería provocarnos ira, vergüenza colectiva, desesperación y repudio, es un mal síntoma. Debemos evitar que el exceso provoque este anestesiado colectivo al que nos podemos acostumbrar. El aletargamiento adormece la conciencia social y amortigua el sano espíritu de crítica. Mirar con ojos amansados y banalizar hasta lo más grave, que a fuerza de repetirse, lo incorporamos en el paisaje cotidiano y se vuelve parte de nuestra normalidad, es ingresar en una suerte de resignación. Me niego a resignarme. Recuperemos la capacidad de asombrarnos, maravillarnos o emputarnos.

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