Publicado en El Deber el viernes 5 de noviembre de 2021

Hace algún tiempo, leí en El País que el alcalde de un pueblito español, Algar, de apenas 1.400 habitantes, inició los trámites para intentar que la UNESCO proteja las “charlas al fresco” como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En ese pequeño municipio de la provincia de Cádiz, Andalucía —como ocurría hace algunas décadas atrás en Santa Cruz de la Sierra—, sus habitantes, buscando refrescarse en el ocaso de las tardes calientes, todavía sacan sillas sobre las aceras de sus calles y forman pequeños corrillos de vecinos para tertuliar y ponerse al día.

En algunas calles del centro histórico y en barrios populares de nuestra ciudad, con calles asfaltadas o sin asfaltar, aún se pueden ver algunos vecinos que mantienen este rito, tan ancestral como de origen incierto. Estas charlas espontáneas, familiares y entre vecinos, nacieron de la necesidad de oxigenarse y buscar mitigar las altas temperaturas dentro de las casas. Además, que estos espacios hacían parte de la sociabilidad vecinal donde el cotilleo, los chismes y la simple plática cotidiana eran parte de una forma de vida pausada y calmada, sin el frenesí de los últimos tiempos.

Esta sencilla costumbre de salir a la calle a departir con los vecinos, en claro retroceso, casi extinta, la pude revivir —de manera artificial—, este caluroso fin de semana cuando visité un condominio en el que los niños, con sus atuendos y disfraces de terror, recorrían las casas del vecindario pidiendo caramelos con la frase: “dulce o truco”. Una tradición importada —la de Halloween—, permitió que los adultos recreen en sus aceras ese corro de sillas que eran parte de la Santa Cruz anterior al aire acondicionado, la televisión, el celular, las redes sociales, Zoom, Netflix y otras ñañacas de la modernidad.

El desarrollo urbanístico, los imprudentes conductores y la falta de seguridad han hecho también que la época de puertas abiertas y amalgama de sillas de colores frente a las casas sean apenas parte del recuerdo de un pueblo que ya no existe. Tampoco se ven niños jugando a la pelota o al escondite en nuestras peligrosas calles. Ellos también están absortos frente a una pantalla, que centellea en sus cuartos, en la sala o en la palma de sus manos.

Estas citas habituales de cada atardecer veraniego, que tenían —sin proponérselo—, hasta un fin terapéutico, han sido reemplazadas por los grupos de WhatsApp. La sabrosa charla del final de una jornada, para tomar el fresco de la tarde y ponerse al día con los familiares, amigos y vecinos, ha sido suplantada por memes, videos, gifs, chistes, cadenas, fotografías y otros contenidos digitales que bullen y saturan las diversas redes sociales, y que consumimos en una triste soledad, que parece acompañada.

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