Publicado en El Deber el viernes 2 de septiembre de 2022

¿Alguna vez han notado que, por alguna razón desconocida, las malas noticias nos atraen más que las buenas? ¿Apenas tenemos en la mano un periódico, una revista o navegamos por una red social los titulares de temas catastróficos, muertes, enfermedades, asesinatos, robos y otras desgracias nos llaman la atención y dejan en segundo plano todo lo demás?

El cerebro humano, por un instinto de supervivencia, está programado para procesar con mayor atención las malas noticias antes que las buenas para estar alertas con el fin de protegernos. Es normal querer estar informado para tener esa sensación de control y seguridad. El problema aparece cuando esto se vuelve una obsesión y solo se consumen noticias pesimistas.

Esta afección psicológica que nos induce a indagar, compulsivamente, en lo peor de la realidad circundante tiene un nombre: doomscrolling. En inglés, doom es fatalidad, y scrolling es la acción de deslizar la pantalla hacia abajo o hacia arriba en busca de noticias infortunadas, una detrás de otra. Es decir, engancharnos a las malas noticias a pesar de lo deprimente que esto puede ser. El doomscrolling, que es una curiosidad malsana, tuvo un pico muy alto durante la pandemia y todavía hay secuelas en la salud mental de quienes sucumbieron a esta adicción.

Algunos medios de comunicación —de manera intuitiva o consciente—, apelan a la sensibilidad a la información negativa de sus audiencias para atraerlas y retenerlas, sin importar las consecuencias que esta práctica genera: desconcierto, miedo colectivo, confusión o depresión. Las malas noticias venden y estas son el plato fuerte en la oferta de contenidos del periodismo masivo.

Por otro lado, los algoritmos de las redes sociales detectan los sitios e informaciones más visitados y tienden a mostrar más de lo mismo porque consideran que eso es lo que le interesa al usuario. Este círculo vicioso puede tener efectos nocivos en el bienestar psicológico y erosionar el estado de ánimo del consumidor de estos perniciosos contenidos. Quienes padecen de esta adicción están continuamente pendientes y enganchados de sus teléfonos móviles y eso les genera una sensación aumentada de amenaza, peligro y vulnerabilidad.

Las consecuencias en la salud mental están asociadas a síntomas compatibles con ansiedad, sentimiento persistente de tristeza, apatía, depresión, pérdida de interés por actividades placenteras, insomnio, falta de apetito, entre otras. Quienes están afectados por el doomscroll tienen la falsa creencia de que preocuparse y sobreinformarse son sinónimos de tener control, en lugar de enfocarse en las posibles soluciones o lo que se puede hacer para manejar y adaptar las situaciones a nuestra realidad personal. Ocuparnos, en lugar de preocuparnos.

Para escapar de esta tendencia es necesario, primero, darnos cuenta que tenemos un problema de consumo excesivo de noticias pesimistas; luego, restringir los tiempos de exposición frente a las pantallas; no usar la información como entretenimiento durante los descansos, mejor sería dar un paseo o conversar con alguien; la meditación y la respiración consciente ayudan en el proceso de desintoxicación informativa; y en casos extremos, buscar apoyo psicológico.

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