Publicado en El Deber el viernes 26 de agosto de 2022

El contenido del original libro, La vida contada por un sapiens a un neandertal de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga, cabalga entre la divulgación científica y la antropología, salpicado por el buen humor y la inventiva de un gran narrador. El novelista —Millás—, interesado por entender la vida, sus orígenes y la evolución, invita al paleontólogo —Arsuaga—, a una sabrosa conversación que transcurre en diversos lugares y escenarios para intentar comprender qué somos, cómo somos y qué nos ha llevado hasta dónde estamos.

La sabiduría del sapiens —el paleontólogo—, combinada con el ingenio y la mirada personal y sorprendente del autoasumido neandertal —el novelista— producen un exquisito texto, casi adictivo, donde el sapiens trata de enseñar al neandertal cómo pensar como un sapiens y, sobre todo, que “la prehistoria no es cosa del pasado: las huellas de la humanidad a través de los milenios se pueden encontrar en cualquier sitio, desde una cueva o un paisaje hasta un parque infantil o una tienda de peluches”.

En el capítulo final, el paleontólogo hace hincapié en un tema que muchos confundimos: la diferencia entre la esperanza de vida y la longevidad. Arsuaga señala que “la longevidad es una propiedad de la especie. Cada especie tiene la suya. El perro vive en torno a quince años; el gato, un poco más; el elefante, setenta, igual que la ballena o el delfín”. Dicho esto, la longevidad de nuestra especie sería la misma siempre, a diferencia de la esperanza de vida. Por ejemplo, en 1900, esta era de apenas treinta años. Esto se explica por la mortalidad infantil. La esperanza de vida de una población es en realidad la edad media de muerte de sus individuos. Si la mortalidad infantil es muy alta en una época, la media baja y al revés. Es falso decir que “nuestra generación vive más años que la de nuestros padres”, apunta Arsuaga. La percepción nos engaña.

Muchas veces el resultado de una investigación puede parecer falaz, sin serlo. El escritor irlandés, George Bernard Shaw, con esa aguda ironía que lo caracterizaba, dijo: “La estadística es una ciencia que demuestra que, si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno”. Sin el fino ingenio del dublinés y haciendo cálculos políticos, antes que evaluaciones técnicas, el gobierno actual —a través del INE—, quiere tabearnos el censo poblacional que es la operación estadística de mayor envergadura que cada diez años —según la ley— debe realizar el país.

Un censo es la principal fuente de información sociodemográfica. Sus resultados permiten que todas las instituciones puedan planificar acciones, determinaciones y proyectos sobre la base de información social actualizada lo que hace posible una mejor distribución de la inversión pública; y también, privada. Además, la densidad demográfica es la base para la redistribución de escaños parlamentarios y el tan anhelado nuevo pacto fiscal.

Datos actualizados permitirán mejorar el diseño de planes, programas y políticas públicas; reasignar recursos para la construcción de escuelas, centros de salud y ampliación de servicios básicos (energía eléctrica, agua, desagüe, telefonía móvil, internet); identificar polos de desarrollo económico; establecer perfiles y proyecciones de población; identificar colectivos vulnerables; focalizar la ubicación, cantidad y características de la fuerza laboral existente; conocer la ubicación y características de las comunidades originarias; y otros datos de interés social, demográfico y económico que ya tienen más de una década de rezago. Postergar el censo es engañarnos y caminar a tientas, peor que un neandertal.

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