Pip: Cada 10 de mayo Bolivia celebra el Día del Periodista con discursos sobre democracia y libertad de expresión — y después, según Alfonso Cortez, el café se enfría y todo vuelve a la normalidad.
Mara: Hoy exploramos el periodismo como cuarto poder en la era del político-influencer, y lo que está en juego cuando una sociedad aprende a vivir sin intermediarios críticos.
Pip: Empecemos con el botón «omitir».
El cuarto poder en la era del político-influencer
Mara: La pregunta que articula este texto es concreta: ¿qué pasa con el periodismo cuando los políticos ya no lo necesitan? Durante décadas existió una dependencia mutua incómoda, pero real. Hoy esa dependencia se rompió.
Pip: Y la clave está en una frase del investigador danés Rasmus Kleis Nielsen, citada en el texto: «A los políticos no les gustan los periodistas. La diferencia es que antes tenían que lidiar con ellos; hoy ya no».
Mara: Lo que esto significa en la práctica es que las redes sociales le dieron a los líderes un canal directo a su audiencia. Sin ruedas de prensa, sin preguntas incómodas, sin titulares que no controlaron. El intermediario crítico simplemente se volvió prescindible.
Pip: Y cuando desaparece ese intermediario, lo que queda — dice el texto — es propaganda emocional circulando a velocidad de algoritmo.
Mara: El diagnóstico se vuelve más severo cuando se aplica al contexto boliviano. El periodismo independiente sobrevive entre polarización política, crisis económica, precariedad laboral y desconfianza pública. Muchos medios dependen de publicidad estatal para mantenerse. Otros redujeron redacciones al mínimo.
Pip: Y las redes, mientras tanto, recompensan el grito sobre la investigación. Hay una lógica tribal que el texto describe con precisión: ya no importa si una información es verdadera, sino si favorece a los míos o perjudica a los otros.
Mara: El texto también señala una autocrítica que no suele aparecer en los discursos del 10 de mayo: cierta soberbia periodística que confundió influencia con autoridad moral, y que cuando la credibilidad empezó a erosionarse, dejó a mucha gente sin herramientas para distinguir entre un periodista serio y un operador con micrófono.
Pip: Hay políticos, dice el texto, que no quieren periodistas — quieren relacionistas públicos con micrófono. Gente que pregunte poco, incomode menos y admire más.
Mara: Y la conclusión no es heroica, sino funcional: «alguien tiene que seguir haciendo preguntas cuando el poder preferiría monólogos». No porque los periodistas sean héroes civiles, sino porque revisar documentos, conectar puntos y recordar datos que el algoritmo entierra sigue siendo una función que nadie más cumple.
Pip: El problema real, entonces, no es solo que a los políticos no les gusten los periodistas. Es que parte de la sociedad también aprendió a vivir sin ellos.
Mara: Una democracia que deja de valorar el periodismo crítico se queda, según el texto, únicamente con propaganda, influencers y discursos sin preguntas.
Pip: Y eso, a diferencia del café del 10 de mayo, no se enfría solo.