Alfonso Cortez

Publicado en El País el jueves 4 de junio de 2026

Queridos cartógrafos mundialeros:

Jesús Cantín pregunta cómo es posible que China, con más de mil cuatrocientos millones de habitantes, se haya quedado afuera mientras Curazao está adentro. La explicación quizá sea que el fútbol es uno de los pocos lugares donde la demografía sirve menos que la posesión de balón.

Si los mundiales se clasificaran por población, India y China jugarían la final cada cuatro años y todos los demás miraríamos resignados desde el sofá. Los bolivianos, además, llegaríamos con amplia experiencia como observadores profesionales.

Curazao, por cierto, está en el Caribe. Esta pequeña isla tiene apenas 158.000 habitantes, tan pocos que uno sospecha que varios de sus hinchas pueden saludarse por su nombre. Si la comparamos con China: por cada habitante de Curazao hay casi nueve mil chinos. Y, sin embargo, serán los curazoleños quienes estarán en el Mundial. Ahí radica parte de la belleza de este juego: a veces David llega al baile y Goliat se queda llenando formularios.

Uno de cada seis seres humanos del planeta es chino. Ninguno verá a su selección en el Mundial. En cambio, siempre me conmueve Uruguay. Mientras el coloso asiático queda afuera, los uruguayos llegan con apenas tres millones y medio de habitantes. Menos población que muchas ciudades latinoamericanas. Y cada cuatro años, vuelven a instalarse entre los candidatos sentimentales de quienes apostamos por David: dos estrellas mundiales, una historia gigantesca y una obstinación que desafía cualquier hoja de cálculo.

Uruguay demuestra que en el fútbol las estadísticas ayudan a entender el mundo, pero no necesariamente a ganar partidos.

Ya que hablamos de países que se niegan a obedecer a los números, ahí está Croacia. Apenas 3,8 millones de habitantes y una costumbre admirable de aparecer donde la lógica demográfica dice que no debería estar: subcampeona en 2018, tercera en 2022 y amenaza permanente para cualquier favorito.

En mi caso, además, tengo debilidad por los croatas: me casé con una descendiente de ellos, así que cada Mundial me convierto en simpatizante por razones tanto futbolísticas como matrimoniales. Soy un verdadero “croaceño”. Hay algo admirable en un país tan pequeño que insiste en sentarse a la mesa de los gigantes y pedir la carta.

Si Uruguay desafía al censo desde la historia, Croacia lo hace desde la terquedad. Ambos son la prueba de que el fútbol sigue siendo una pésima ciencia exacta.

Este Mundial parece diseñado por alguien obsesionado con los números. Ya no serán 32 selecciones, sino 48. Ya no habrá 64 partidos, sino 104. Ya no se jugará en un país, sino en tres. Habrá estadios repartidos entre Canadá, Estados Unidos y México, distancias que obligarán a algunas selecciones a recorrer más kilómetros que un camionero boliviano en temporada alta, siempre y cuando no haya bloqueos.

También será el Mundial más caro de la historia. Las entradas cuestan cifras capaces de provocar una lesión muscular en la billetera. Y aun así se agotarán. Porque el fútbol tiene esa extraña capacidad de convencernos de que pagar una fortuna para sufrir noventa minutos es una excelente inversión emocional.

La FIFA calcula audiencias de miles de millones de espectadores. Durante un mes, medio planeta discutirá penales, fueras de juego y conspiraciones arbitrales. Habrá más cámaras que jugadores, más estadísticas que pases y más comentaristas que aficionados.

Y, sin embargo, cuando ruede la pelota, todo volverá a reducirse a lo mismo de siempre: once contra once, dos arcos y millones de personas convencidas de que, esta vez sí, el destino les debe una alegría.

Aunque sea apenas hasta el próximo Mundial.

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