Alfonso Cortez
Publicado en El País el miércoles 3 de junio de 2026
Mientras esperamos que la pelota empiece a rodar en este Mundial, me quedé pensando en una frase que Jesús Cantín escribió bajo la fotografía de Rafael Sagárnaga:
“Escuchó jugar a Pelé”.
Qué privilegio. Escuchar jugar a Pelé ya es una forma de haber estado cerca de la historia.
Pero esa frase me obligó a hacer una confesión que suena inverosímil: yo jugué con Pelé.
Sí, con el Rey. Con Edson Arantes do Nascimento. Y no hablo de una metáfora ni de una licencia literaria. Ocurrió de verdad, en 1971, cuando el Santos llegó a Bolivia en una gira y se hospedó en el hotel-balneario de mi familia. Yo era apenas un niño que vivía con una pelota bajo el brazo y una tarde terminé compartiendo un improvisado picadito con quien ya era el mejor futbolista del planeta.
Como prueba de semejante afirmación, adjunto una fotografía. Tiene el encanto desvaído de las imágenes de otra época. En 1971 todavía faltaban muchos años para las selfies, los teléfonos inteligentes y la costumbre de registrar cada instante de nuestras vidas. Por eso esta foto parece hoy una reliquia: no solo conserva el encuentro con Pelé, sino también una manera distinta de recordar.
Comparto entonces uno de los cuentos de Pasión inútil. Cuentos de fútbol, donde intenté reconstruir aquel episodio que todavía hoy me parece increíble. Porque antes de que comience el Mundial y aparezcan nuevos héroes, nuevas gambetas y nuevas leyendas, vale la pena volver por un momento a aquella tarde en que tuve la fortuna de jugar con el Rey.
EL DÍA QUE JUGUÉ CON “EL REY”
“Parece mentira cómo uno, a veces, no se olvida de las cosas que se olvida«. Eduardo Sacheri, Esperándolo a Tito
“El fútbol, para mí, está entre esas tres o cuatro cosas que consiguen estirar el tiempo: que el tiempo no se vaya como si nunca hubiera sido«. Martín Caparrós, Boquita
De entrada advierto y reconozco que mis recuerdos —fragmentados y difusos— se parecen a piezas desparramadas de un inmenso rompecabezas. El ejercicio de poner en un papel estas borrosas evocaciones tiene el riesgo de que parte de lo que recuerdo esté adosado, transformado o embellecido por la imaginación. Sin embargo, si coloco las piezas en su lugar y relleno los espacios que aún quedan en blanco, siento la firme convicción de que los hechos ocurrieron tal como los he terminado reconstruyendo.
Cuando apenas daba mis primeros pasos con cierta seguridad, descubrí que la pelota de fútbol podía ser una fiel compañera y cómplice de mis fantasías. La pateaba y perseguía —incansablemente— por los amplios jardines y alrededor de las piscinas de “mi barrio”. Mi primera infancia transcurrió correteando los largos pasillos de ingreso a los bloques de habitaciones y las extensas áreas verdes, con muchos árboles frutales, del hotel-balneario de mi familia. A ese particular condominio de puertas cerradas llegaba todos los días gente con maletas y diferentes acentos: eran mis vecinos por unos días, hasta que partían llevándose sus maletas y sus acentos. Pero casi siempre, junto a los mayores, llegaba un niño de mi edad que, al verme con una pelota, se unía alegre a mis juegos.
Paredes, corredores, árboles, sillas y mesas participaban también de mis epopeyas infantiles. Mi primera cancha fue un pequeño patio delimitado por dos altos paredones blancos. En cada uno de ellos —a riesgo de ser castigado por mi padre— se me ocurrió dibujar unos arcos con tiza roja que la lluvia, por suerte, se encargaba de borrar y me salvaba de las regañadas. Cuando estaba solo, hacía rebotar la pelota contra uno de esos muros con una frecuencia casi obsesiva, como si se tratara de un frontón de tenis. Si alguien se compadecía de mí y se animaba a ser mi rival, el juego era uno contra uno, de pared a pared.
Los días de mucho calor —que en Sucupira abundan—, jugaba descalzo y sin camiseta a lo largo del ancho y húmedo pasillo donde ponían las reposeras para tomar sol, regado por el agua de la piscina y los bañistas. Me puedo olvidar de muchas cosas, vivencias y lugares, pero nunca de esta pieza clave del rompecabezas de estos primeros y tiernos años. Ese amplio pasillo con cerámica amarilla al borde de la piscina, salpicado de agua fresca, es un recuerdo imborrable en mi memoria porque en esa particular e inventada canchita de fútbol fue donde jugué con “el rey”.
Un año después de consagrarse campeón mundial con Brasil en la Copa del Mundo de México 70, Edson Arantes do Nascimento —Pelé—, con su equipo Santos de San Pablo, realizó una exitosa gira por Bolivia. Estando en mi ciudad, hospedados en “mi barrio”, las estrellas del Santos armaron un picadito e incluyeron a algunos de los curiosos niños que estábamos por allí, con la osadía propia de la infancia.
Primero Pelé —el rey del fútbol—, más adelante Diego Armando Maradona, y en los últimos años Lionel Messi, han sido los tres grandes referentes del fútbol planetario. Con el primero tuve la dicha y fortuna de corretear, brincar, compartir y delirar en un partido sin tiempo y de goles permanentes.
Mientras afuera del hotel se aglomeraban centenares de aficionados en busca de autógrafos y fotografías con los astros brasileños, ellos retozaban al Sol y jugueteaban alrededor de la piscina. Alguien, al verme pateando un balón, puso en los extremos del pasillo un par de sillas metálicas, simulando palos de arco, y bajo el cadencioso sonido de una batucada improvisada por los propios futbolistas, se armó un picadito de cinco contra cinco, todos en traje de baño.
Recuerdo que eran tres adultos y dos niños por equipo. En esa tarde calurosa del verano de 1971, “el rey” me pidió para su equipo. Jugamos descalzos, hasta ampollarnos.
(Pasión inútil. Cuentos de fútbol. Grupo Editorial La Hoguera, Santa Cruz de la Sierra, 2019)