Alfonso Cortez

Publicado en El País el domingo 7 de junio de 2026

Queridos cartógrafos mundialeros:

Mientras Rafa cuenta mundiales, Jesús ubica a Curazao en el mapa, Erik adopta futbolistas neozelandeses (¿o fui yo?) y todos despedimos leyendas, yo vengo a hablar de otro asunto que también merece calentamiento precompetitivo: los libros de fútbol.

Lo hago, además, desde una circunstancia curiosa. Hoy termina la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra y, contra algunos pronósticos dignos de Nostradamus, Desde la línea de cal se vendió muy bien. Hubo lectores, firmas, conversaciones y una certeza reconfortante: cada vez son menos quienes creen que fútbol y literatura juegan en equipos rivales. Pero el prejuicio todavía existe.

Durante décadas, cierta intelectualidad observó al fútbol como quien contempla una parrillada desde una convención de veganos. Borges llegó a decir que el fútbol era popular porque la estupidez era popular. Y cuando un entrenador como Santiago Solari fue presentado en el Real Madrid, muchos medios consideraron noticia que fuera un lector voraz, como si abrir un libro y patear una pelota fueran actividades incompatibles.

Sin embargo, basta mirar cualquier biblioteca futbolera para comprobar que la literatura encontró hace mucho tiempo un estadio donde jugar.

En los estantes de mi casa —y en la fotografía que acompaña esta carta— conviven Eduardo Galeano con El fútbol a sol y sombra y Cerrado por fútbol; Juan Villoro con Dios es redondo y Balón dividido; Eduardo Sacheri con Esperándolo a Tito, El fútbol, de la mano y Las llaves del reino; Roberto Fontanarrosa con Puro fútbol y Los mejores cuentos de fútbol; Jorge Valdano con Cuentos de fútbol y Fútbol: el juego infinito; Manuel Vázquez Montalbán, Martín Caparrós, Osvaldo Soriano, Javier Marías y muchos otros. Algunos escriben sobre goles; otros utilizan el fútbol para hablar de la memoria, la política, la identidad, la amistad, la infancia o la muerte.

Porque el fútbol es apenas una excusa. Como la novela policial utiliza un crimen para hablar de la condición humana, la literatura futbolera utiliza una pelota.

Albert Camus fue arquero antes de ganar el Nobel. Pasolini escribía sobre fútbol con la misma pasión con la que filmaba. Soriano encontró en los “potreros” una geografía sentimental. Fontanarrosa convirtió los vestuarios en territorio literario. Sacheri logró que millones de lectores lloraran por partidos que nunca existieron. Y Villoro demostró que una final del Mundial puede leerse como una crónica de guerra, una novela de formación o una tragedia griega.

Quizás por eso me gustó tanto la historia que conté hace algunos años sobre aquel adolescente que llegó a la feria porque le regalaron Pasión inútil. Su padre me confesó que nunca lo había visto leer hasta que descubrió los libros de fútbol. Esta vez vino por la continuación, Desde la línea de cal, y ya tiene una pequeña biblioteca propia. El camino hacia la lectura, como el camino hacia el arco, admite muchas rutas. Algunos llegan por García Márquez. Otros por Tolkien. Otros por Messi. Lo importante es llegar.

Dentro de unos días comenzará el Mundial. Volveremos a discutir alineaciones, penales, sistemas tácticos y conspiraciones arbitrales. Pero mientras la pelota aún descansa en el círculo central, propongo reivindicar también esta otra cancha: la de los libros que hablan de fútbol.

Porque, al final, quienes amamos ambas cosas sabemos un secreto que los prejuicios nunca entendieron: una buena novela y un buen partido producen exactamente la misma sensación.

Quizás por eso seguimos volviendo a ambos: a los libros cuando buscamos respuestas y a los mundiales cuando necesitamos volver a hacernos preguntas.

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