Alfonso Cortez

Publicado en El País el viernes 12 de junio de 2026

Sufridos mundialistas:

El segundo partido que vi, entre cabeceos de sueño, fue el de la República Checa contra Corea del Sur. Si ustedes tuvieron la fortuna de perdérselo, los felicito. Fue un bodrio de esos que hacen sospechar que la FIFA amplió el Mundial a 48 selecciones para recordarnos que no todos los partidos merecen una Copa del Mundo.

Preveo que veremos varios partidos similares durante estas primeras semanas de la fase de grupos. Habrá que elegir con pinzas. Como quien compra un álbum Panini: entre las figuritas repetidas aparece, de vez en cuando, una que vale la pena conservar.

Por eso hoy no quiero hablar de ese segundo partido. Quiero hablar del primer gol del Mundial.

Lo hizo el colombiano Julián Andrés Quiñones para México. Y detrás de ese gol hay una historia que parece escrita por un novelista con debilidad por las metáforas futboleras.

En 2023, Quiñones recibió una carta. En ese sobre prolijamente membretado estaba el sueño de millones de niños colombianos: una convocatoria para vestir la camiseta de su país. Su representante le preguntó si la había leído. Quiñones respondió que no. Pasaron los días. Volvieron a llamarlo. Insistieron. Pero la carta siguió cerrada. No fue desdén. Fue convicción.

Nacido en Magüí Payán, un rincón pobre del departamento de Nariño donde la pelota suele llegar antes que las oportunidades, Quiñones llegó a México siendo apenas un adolescente. Allí construyó una carrera, formó una familia y encontró una patria adoptiva. Por eso, cuando Colombia finalmente llamó a su puerta, la carta quedó cerrada. En el fondo, la respuesta ya estaba escrita desde hacía años en otro lugar.

La decisión tampoco nació de un capricho. Desde que llegó a México en 2015 para incorporarse a Tigres, Quiñones construyó allí toda su carrera profesional. Pasó por Venados y Lobos BUAP, se abrió camino en Tigres y terminó convirtiéndose en figura y campeón con Atlas y América. Con sus goles ayudó a romper una sequía de setenta años en Atlas y acumuló títulos hasta convertirse en uno de los delanteros más respetados de la Liga MX. Cuando eligió a México, no estaba escogiendo una camiseta: estaba reconociendo el lugar donde se había convertido en futbolista.

El Mundial comenzó en Ciudad de México, ante casi noventa mil personas en el Estadio Azteca y más de mil millones de espectadores que siguieron la ceremonia desde todos los rincones del planeta. Y fue precisamente Quiñones, el hombre que eligió otra bandera, quien terminó ocupando el centro de la escena en la noche inaugural.

Aquel muchacho de Magüí Payán que decidió no abrir la carta de Colombia terminó recibiendo otra mucho más improbable. No llegó en un sobre ni llevaba un membrete federativo. La escribió el destino sobre el césped del Azteca. Y decía apenas cuatro palabras: “primer gol del Mundial”.

(Esta noche Paraguay tiene una misión patriótica: salvar el honor futbolero del Sur. Y ojalá lo consiga, porque sus hinchas ya tendrán bastante trabajo para lidiar con los precios de las entradas, los controles de seguridad y esa incómoda sensación de que, en algunos rincones de Estados Unidos, un agente del ICE puede aparecer en cualquier momento con más protagonismo que un árbitro. Si la Albirroja gana, será una victoria deportiva. Si sus aficionados llegan tranquilos al estadio y vuelven tranquilos a casa, es casi un milagro logístico).

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