Alfonso Cortez
Publicado en El País el sábado 13 de junio de 2026
Queridos “avivados”,
Hace algunos años salía de un concierto en Viena, Austria. Eran las dos de la madrugada. No circulaba un automóvil. Ni uno. Las calles parecían abandonadas. Llegamos a una esquina y el semáforo peatonal estaba en rojo. Los austríacos se detuvieron. Todos. Nadie cruzó. Esperaron pacientemente a que apareciera la luz verde, aunque no hubiera un vehículo a kilómetros de distancia.
Recuerdo que observé aquella escena con la misma mezcla de asombro y desconcierto con la que un antropólogo observaría una tribu desconocida. ¿Qué estaban haciendo? ¿Por qué esperar? ¿Qué sentido tenía obedecer una norma cuando no existía ningún riesgo?
Entonces comprendí que el semáforo no estaba ahí para evitar que los atropellaran. Estaba ahí para recordarles que las reglas valen incluso cuando nadie está mirando.
Pensé en aquella madrugada vienesa mientras veía a Miguel Almirón desplomarse en el área durante el partido entre Paraguay y Estados Unidos. El árbitro cobró la falta. El defensor estadounidense recibió una tarjeta amarilla.
¡Y entonces apareció el VAR!
Las imágenes demostraron que no había existido contacto alguno. El árbitro retiró la amonestación al estadounidense y mostró una tarjeta amarilla a Almirón por simulación.
La escena fue histórica. No porque un jugador fingiera una falta. Eso es tan viejo como el fútbol. Tampoco porque un árbitro se haya equivocado. Eso también forma parte del juego. Lo novedoso es que, por primera vez, la tecnología permitió castigar una de las expresiones más arraigadas de nuestra cultura latinoamericana: “la viveza criolla”.
Nosotros la conocemos bien: es el conductor que se mete por el carril equivocado para ganar unos metros, el pasajero que intenta colarse en la fila, el ciudadano que busca un contacto para saltarse un trámite, el estudiante que copia sin que lo descubran o el delantero que se deja caer esperando engañar al árbitro.
No lo llamamos trampa. Lo disfrazamos con palabras más simpáticas: picardía, astucia, malicia, viveza. Hasta admiramos a quien logra sacar ventaja.
Durante décadas el fútbol fue uno de los refugios de esa mentalidad. Celebramos “la mano de Dios”, el penal inventado, el delantero que sabe exagerar un roce o el defensor que comete una falta fuera de la vista del árbitro.
La pregunta nunca era si estaba bien o mal. La pregunta era si lo habían descubierto. Pero el VAR está cambiando algo más profundo que los resultados de los partidos. Está modificando una vieja costumbre cultural.
Por primera vez, el engaño tiene menos probabilidades de prosperar. La cámara ve lo que el árbitro no vio. La repetición desmonta la coartada. La simulación deja de ser picardía para convertirse simplemente en engaño. Y eso incomoda.
Porque, en el fondo, muchos crecimos admirando a quien encontraba la forma de doblar las reglas sin romperlas del todo. Tal vez por eso la escena de Almirón generará tanto debate (o eso espero). No discutimos una tarjeta amarilla. Discutimos una forma de entender el mundo.
La misma diferencia que existe entre aquellos austríacos detenidos frente a un semáforo vacío y nosotros preguntándonos por qué no cruzan de una vez. Ellos confían en las reglas. Nosotros confiamos en la excepción. Ellos piensan que las normas existen para cumplirlas. Nosotros solemos creer que existen para negociar con ellas.
No sé si el VAR mejorará el fútbol. A veces interrumpe demasiado el juego y convierte un gol en un trámite burocrático. Pero sí sospecho que anuncia el fin de una época. La época en la que la avivada era una virtud. La caída de Almirón fue apenas una tarjeta amarilla. O quizá fue algo más.
Tal vez fue la primera vez que la tecnología le mostró una amarilla a toda una forma de comportarnos.
(Antes de despedirme, una última incomodidad: la superioridad estadounidense me resulta bastante más dolorosa que hablar de la simulación de Almirón. Porque implica aceptar una verdad incómoda: que los gringos están empezando a jugar al fútbol mejor de lo que nosotros quisiéramos.
Durante años nos burlamos de ellos porque confundían el fútbol con lo que llaman soccer y porque creíamos que ninguna cantidad de disciplina podía competir con el talento sudamericano. Ahora resulta que están demostrando que el trabajo, el orden y la planificación también importan. Y, para colmo, juegan bastante bien.
Jesús Cantín compara el fútbol estadounidense con un sueco bailando salsa. La frase es magnífica, pero me temo que la realidad empieza a arruinar la metáfora. Hace algunos años estuve en Finlandia y vi rubias espectaculares, de piernas tan largas que parecían diseñadas por un caricaturista, bailando tango con una elegancia que habría puesto nervioso a más de un porteño.
Descubrí entonces que el problema nunca fue ser finlandés, sueco o estadounidense. El problema era quién llevaba más tiempo practicando. Y sospecho que algo parecido está ocurriendo con el fútbol. Mientras nosotros seguimos confiando en el talento natural, ellos llevan décadas ensayando los pasos. Y empieza a notarse).