Karina Vargas
Publicado en El País el sábado 13 de junio de 2026
Andrés aún no cumplía los cuatro años cuando construyó su primera imagen de la geografía mundial. No tenía cinco continentes, ni grandes espacios de agua. Sólo 32 países, los mismos que llegaban a competir en el Mundial de Alemania. Sus banderas, esas que buscamos en una enciclopedia de papel, también fueron las primeras que aprendió y la camiseta “ajedrezada” de Croacia fue suficiente para convertirlo en fanático de la selección en la que debutó Luka Modric.
El álbum de figuritas también hizo su parte. Había que reconocer banderas y apellidos imposibles de pronunciar. Los pequeños de la casa establecieron una regla simple: si el apellido terminaba en “ic”, el jugador era croata o serbio. Era una geografía básica, construida con figuritas y relatos de televisión, pero suficiente para despertar curiosidad por lugares que “estaban” en esa cancha.
En ese primer “atlas” mental aparecieron los debutantes de entonces, como Togo, Trinidad y Tobago y Serbia y Montenegro, cuando ya era historia, igual que la Yugoslavia de la que había surgido.
Esa conexión balcánica fue la que este viernes volvió a aparecer mientras veía el partido entre Canadá y Bosnia-Herzegovina, otro de los seis países nacidos tras la desintegración yugoslava a principios de los noventa. En esos mismos años también nació Uzbekistán, una de las repúblicas que emergieron tras el fin de la Unión Soviética y que ahora tendrá su estreno mundialista.
Ninguno de los debutantes de 2006 volvió a la competencia, salvo Ghana, que en Sudáfrica 2010 estuvo a centímetros de convertirse en el primer semifinalista africano. Sólo la mano de Luis Suárez y una definición por penales cambiaron aquella historia.
Este domingo, cuando Curazao debute frente a Alemania, tal vez ocurra algo más importante que el resultado. Con poco más de 150.000 habitantes, se convertirá en el país menos poblado que haya disputado una Copa del Mundo. Para millones de personas tal vez sea la primera vez que escuchen el nombre de esta isla.
Y eso es algo que el fútbol consigue. El Mundial pone en el mapa a todos los que llegan a la cita. Hoy, con selecciones que reflejan los profundos procesos de migración y sociedades mucho más diversas, los apellidos de los jugadores ya no son una buena pista.
Sin embargo, el efecto sigue siendo el mismo. Cada cuatro años, millones de niños —y también muchos adultos— descubren países que no tenían registrados, buscan una bandera desconocida o intentan ubicar en el mapa un lugar del que nunca habían oído hablar.
Más allá de los goles, las polémicas o los campeones, el Mundial siempre será una extraordinaria clase de geografía. Más ahora con 48 países en competencia.
Aquel niño, mi pequeño, que armó en su imaginación su primer atlas con figuritas, banderas y relatos de televisión hoy es un profesional y continúa sumando datos, estadísticas y anécdotas, dentro y fuera de la cancha.
Porque en su atlas futbolero no sólo están los campeones. También viven Togo, Trinidad y Tobago y Ghana, mientras que Curazao, Bosnia-Herzegovina y Uzbekistán pronto se sumarán a esa lista de países que alguna vez aparecieron en una cancha y se instalaron en su registro mundialero.