Jesús Cantín
Publicado en El País el sábado 13 de junio de 2026
Llegó a casa y zas, Estados Unidos le iba ganando 2-0 a Paraguay. Nuestro primer exponente hacía aguas, pero había tiempo y aquello parecía un vendaval. La famosa “garra guaraní” (transmutada luego a charrúa aunque mis cumpas uruguayos discreparán) hacía aparición en el Estadio Los Ángeles… pero no. Los de la polera blanca con motivos colorados no eran los paraguayos, sino los estadounidenses, una selección multicolor de puro atleta (+ Pulisic) dirigida por el cada vez más huachafo Mauricio Pochettino que ha encontrado en ese grupo la horma de su zapato de entrenador: poderío físico, disciplina táctica y sacrificio por el escudo.
Pulisic aparte, cada pase, cada control o cada intento de gambeta del equipo norteamericano denotaba ese “no sé qué” raro, ese tacto distinto, esa falta de finura en la definición… como un sueco bailando salsa. Falta de calidad al fin, que sin embargo se compensaba con creces por ese otro “no sé qué”, que tiene que ver con el amor propio y el servicio al país que les hacía llegar a todas las pelotas, presionar todas las salidas y hasta marcar golazos: tremendo exterior a lo Modric de Reyna.
Es otro fútbol. No importa que la mayoría tengan raíces latinas o que entre desde la banca el mismísimo hijo de George Weah, el superdotado que anunció en los 90 la llegada del nuevo ciclo sorteando rivales a velocidad endemoniada con aquel Milan de Capello y que después fue presidente de su país: Liberia. Personajazo de leyenda. La cosa es que los “greengos” tienen su plan, y van a muerte con él. Cosas de la bandera, de Hollywood y ahora también de los Mundiales, pues ya hace unos años que derrocaron a México como el sheriff de la Concacaf.
El resultado final, 4-1, es sonrojante para Enciso y compañía. Cabeza pintada y todo, para esto era que no marcara ese golazo en El Alto.
Lo bueno (para mí) es que el resultado me reconcilia un poco con el fútbol de estos tiempos: es un deporte de 11 contra 11 donde no siempre gana el mejor, sino el que más empeño le pone, y me da hasta cierta envidia el plus ese de lo de sacarse la mugre más por la bandera y porque estás en tu país y todo eso.
En la tarde ya me quedé pensando en eso, cuando Bosnia (donde juega Bazdar, el único zaragozista en el Mundial) le amargó la fiesta del debut a Canadá, aunque cedió el empate al final. Cada vez que juega un equipo de la ex Yugoslavia te queda esa impresión de que qué habría sido de ese país en el deporte de no haberse desintegrado de esas maneras. Y es entonces cuando abres Wikipedia e intentas entender – por ti mismo, sin IA – aquella última guerra del siglo XX, post caída de la Unión Soviética, y acabas ubicando en el mapa a Bosnia, que es Bosnia y Herzegovina a la que nunca se nombra y seguro enfada mucho a los herzegovinos, pero que en realidad integra otra República con más autonomía, la República Srpska, y un distrito de administración compartida entre bosnioherzegovinos y srpskanos que es Brčko; que en esa república de tres millones y pico de personas del tamaño de Oruro conviven bosníacos (de mayoría musulmana), bosniocroatas y serbiobosnios; que el consejo de ministros es el jefe de gobierno y que la presidencia es rotatoria por etnias. Y ya no miras más, pero más o menos así debe ser Serbia, y Croacia, y Eslovenia, y Montenegro y Macedonia, que es del Norte, y entiendes que obviamente, cómo no se iban a sacar la mugre entre ellos, y entiendes menos por qué no se la siguieron sacando hasta que quedaran países de cuatro cuadras por cuatro cuadras, y aun así, estoy seguro, alguno llegaría al Mundial. Y competiría.
Y aquí nosotros ahogados por la declaratoria de la plurinacionalidad.
Más rato Brasil – Marruecos. Y aunque solo sea por joder, iré con Marruecos.