Alfonso Cortez

Publicado en El País el domingo 14 de junio de 2026

Queridos cartógrafos mundialeros:

Acabo de ver el mejor partido de este Mundial. Y eso que apenas estamos comenzando.

Sobre el papel, Países Bajos llegaba como favorito. No solo por la historia, por la camiseta y por ese viejo prestigio acumulado desde los tiempos de la “Naranja Mecánica”. También porque enfrente estaba Japón, una selección que todavía suele presentarse como una simpática invitada, cuando hace años que dejó de serlo.

El empate 2-2 fue un partidazo. Los neerlandeses se pusieron en ventaja dos veces y los japoneses lo igualaron dos veces. La última, a pocos minutos del final, con un cabezazo que terminó en gol cuando ya parecía que el partido se les escapaba.

Lo curioso es que el gol llegó precisamente por la vía más improbable.

Durante buena parte del encuentro, los japoneses insistieron una y otra vez con centros al área. Y una y otra vez perdían. Del otro lado estaban Van Dijk y compañía, una colección de colosales torres que defendía el cielo neerlandés. Cada pelota aérea parecía una causa perdida. Pero los japoneses siguieron insistiendo, como quien compra el mismo billete de lotería durante veinte años convencido de que algún día tocará.

¡Y tocó!

Hay una vieja enseñanza futbolera que dice que la terquedad suele confundirse con la estupidez… hasta que funciona.

Lo más interesante, sin embargo, ocurrió en mis oídos.

Mientras veía el partido, por momentos cerraba los ojos y habría jurado que escuchaba un partido de la Copa Libertadores. Bombos. Coros. Ritmo constante. Ese murmullo apasionado que acompaña los partidos sudamericanos desde hace décadas.

Pero no. Eran los japoneses.

Hace años que las hinchadas niponas vienen adoptando melodías y cánticos nacidos en las tribunas argentinas. Los adaptan a su idioma, conservan los ritmos y reproducen una pasión que viajó más de diecisiete mil kilómetros para instalarse en Tokio, Osaka o Yokohama.

Confieso que la imagen me resulta fascinante: miles de japoneses cantando canciones inspiradas en las barras argentinas mientras su selección enfrenta a Países Bajos en Dallas, Texas.

La globalización suele explicarse mediante gráficos, tratados comerciales y estadísticas. Pero está claro que se entiende mucho mejor en una cancha de fútbol.

Porque hoy vi a una selección asiática, formada en buena parte por futbolistas que juegan en Europa, enfrentarse a una potencia europea en Estados Unidos, mientras sus hinchas alentaban con melodías nacidas en Sudamérica.

Y todo eso ocurrió alrededor de una pelota.

El fútbol, una vez más, demuestra que entiende de geografía mucho menos que nosotros.

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