Alfonso Cortez

Publicado en El País el lunes 15 de junio de 2026

Mientras medio planeta esperaba una exhibición de España —campeona de Europa, dueña de una de las ligas más poderosas del mundo y candidata natural a levantar la copa—, ocurrió una de esas pequeñas travesuras que el fútbol todavía le hace a la lógica.

Del otro lado estaba Cabo Verde: un puñado de islas volcánicas perdidas frente a la costa occidental de África. Apenas algo más de medio millón de habitantes. Menos población que en muchos barrios de Madrid.

España aterrizó en Atlanta cargando con el peso de ser la favorita. Cabo Verde llegó cargando algo mucho más ligero y peligroso: nada que perder. Era su primer partido en un Mundial. Y durante noventa minutos logró que pareciera exactamente lo contrario.

España llegó con sus estrellas, sus millones de euros, sus academias, sus estadísticas y sus veintisiete remates al arco. Cabo Verde llegó con una camiseta, un arquero de cuarenta años y una saludable indiferencia ante los pronósticos. El fútbol, que suele ser un pésimo contador, decidió que todo aquello valía exactamente lo mismo: un punto.

A veces, el fútbol se parece a esos cuentos en los que el alumno le responde al profesor, el aprendiz corrige al maestro o el chico del barrio le saca un empate al campeón del torneo. No ocurre seguido. Por eso, cuando pasa, medio planeta sonríe y la otra mitad busca explicaciones tácticas.

Mientras España regresaba al vestuario lamentando dos puntos perdidos, en Cabo Verde nadie recordaba que los empates sólo suman uno. El marcador decía 0-0. La fiesta, en cambio, parecía la de un campeón del mundo.

Porque las selecciones pequeñas no siempre juegan contra once futbolistas. A veces juegan contra la historia, contra el presupuesto, contra la geografía y contra la costumbre de que los poderosos terminen imponiéndose. Por una tarde, ninguna de esas cosas importó.

Y quizá esa sea la mejor noticia del Mundial.

El partido recordó que el tamaño del país, la cantidad de habitantes, el valor de mercado de los jugadores y la cotización de la liga sirven para impresionar a patrocinadores y periodistas. Pero ninguno de ellos entra a la cancha.

Cabo Verde no derrotó a España. Hizo algo mucho más divertido: la dejó explicando el empate.

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