Publicado en El Deber el 3 de marzo de 2017

Estando en Oruro, no podía dejar de ir a Orinoca y conocer el museo de la Revolución Democrática y Cultural, más conocido como el museo de Evo, y evitar que “me la cuenten”. Es, después de la Casa de la Moneda, el centro cultural más grande del país, con más de 10 mil metros cuadrados para exhibiciones permanentes, exposiciones y presentaciones. Nos costó alrededor de 50 millones de Bolivianos y los gastos de mantenimiento son todavía una incógnita.

El folleto oficial dice que “se intenta recrear el proceso histórico cultural del país desde tiempos precolombinos, pasando por la colonia y la república hasta la fundación del Estado Plurinacional”. Los tres grandes bloques (Llama, Puma y Quirquincho) destinan sus salones para presentar a los diferentes grupos originarios, sus historias, conquistas y luchas sociales. Se hace visible y se enaltece el aporte de los indígenas en las transformaciones sociales y políticas del país. Todas las salas están muy bien montadas y con acertados criterios de curadoría. Hay, además, un despliegue tecnológico (luces, sonidos, ambientación) y producción audiovisual exclusiva (videos, proyecciones) que no lo tiene ningún otro museo boliviano.

Sin embargo, y con el eufemismo de “regalos al presidente”, por un lado; y la “historia del primer indígena en el poder”, por el otro; se matiza el recorrido con una exaltación excesiva y absurda del jefe de Estado (busto, estatua de tamaño natural, fotografías, retratos, discursos, abarcas, trompeta, chompa, botas, colección de poleras y un largo y ridículo etcétera). Puedo testificar que, al contrario de lo que hacen circular los memes, no habían enaguas de sus parejas, ni calzones de la rubia platinada presa en Chonchocoro. No podría afirmar si este extremo pasó o no por la cabeza de los creadores del museo, pero la adulación exagerada al caudillo podría haberles llevado a considerar esta desmedida posibilidad.

El culto a la personalidad, llevado a dimensiones casi religiosas o sagradas de la figura de un líder, es propio del populismo. Se quiere atribuir un valor absoluto al papel del caudillo, ponderar en exceso sus méritos reales e intentar convertir al personaje en un fetiche. Esta ciega inclinación para glorificar la historia de la vida de Morales no toma en cuenta que, a metros de esa descomunal, excéntrica y costosa construcción, viven en la pobreza centenares de “comunarios” en casas de adobe, soportando las inclemencias del crudo clima altiplánico y sin ninguna perspectiva de que su calidad de vida pueda mejorar. Un elefante blanco, en medio de la nada, es una afrenta y casi una obscenidad inadmisible.

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