Publicado en El Deber el 28 de julio de 2017

Un motivo familiar, y la casualidad, hizo que mi llegada a tierras africanas coincidiera con el día de nacimiento de Nelson Rolihlahla Mandela (1918-2013). Madiba, apodado así por el nombre de un antiguo jefe del clan Tembu al que pertenecía, dedicó su vida al servicio de la humanidad: como abogado defensor de los derechos humanos; como preso de conciencia; trabajando por la paz; y como primer presidente democrático (1994-1999),  elegido por sufragio universal, de una Sudáfrica libre.

Un programa de consultoría para pequeños emprendedores, que trajo a mi hijo a Ciudad del Cabo, me permitió conocer de cerca la realidad de los ‘township’ (barrios de negros que viven en condiciones de hacinamiento y pobreza extrema), que contrasta con la infraestructura y modernidad de sus principales ciudades. Sudáfrica tiene la mayor economía africana, por delante de Nigeria, alberga el 75% de las principales empresas del continente. Sus ingresos dependen primordialmente del sector minero, agrícola y financiero; sin embargo, sigue siendo uno de los países más desiguales y con mayores asimetrías del mundo.

El actual presidente, Jacob Zuma, del Congreso Nacional Africano (CNA), ha enfrentado disturbios sociales debido a acusaciones de malversación y conspiración con el mundo empresarial. Una muestra del creciente descontento fue la histórica derrota que sufrió el CNA en las elecciones municipales de 2016, quedando por primera vez por debajo del 60% a nivel nacional, y la pérdida de ciudades estratégicas como Pretoria, Johannesburgo y Port Elizabeth, en favor de la Alianza Democrática, el partido liberal de la oposición.  Hay voces, dentro del oficialismo, que piden revisitar los valores y cualidades del que fuera padre de la Sudáfrica democrática y reencauzar el rumbo del proceso.

Mandela fundó una nación, le dio identidad, la puso en el mapa del mundo y le borró de la cara la vergüenza de un pasado de ignominia. Terminó con 342 años de supremacía blanca, en un país de mayorías negras. Estuvo 27 años preso por luchar contra una segregación racial salvaje, brutal y sangrienta. Cuando llegó al poder, extendió la mano y construyó una impresionante alternativa de tolerancia. Antes que tomar revancha, fue el epítome de perdón, compasión y reconciliación. No buscó ser reelecto y se despidió del poder convirtiéndose en leyenda.

Mi intención inicial para esta columna era hacer un paralelismo entre Sudáfrica y Bolivia, comparando la talla de sus liderazgos, pero está claro que el masoquismo no es lo mío.

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