Publicado en El Deber el 25 de agosto de 2017

Un servidor público presta servicios al Estado, su trabajo beneficia a otras personas sin generar ganancias privadas y recibe un salario por lo que realiza. Esta simple y escueta definición vale tanto para el primer mandatario, como para el portero de cualquier institución estatal. Nosotros, los ciudadanos, elegimos a un gobierno para que administre nuestros recursos, legisle la vida en sociedad, defina y ejecute políticas en beneficio de todos. Confiamos en la honestidad, lealtad y transparencia de las personas a quienes conferimos y delegamos la delicada responsabilidad de manejar bienes que nos pertenecen. Hasta aquí, definiciones básicas que no siempre son comprendidas ni asimiladas por la ciudadanía, y menos por quienes le prestan servicios.

Es muy frecuente escuchar, con tono soberbio, declaraciones de altas autoridades (empleados nuestros) que sienten que nos están haciendo un gran favor al hacernos conocer datos o decisiones que importan a todos. Lo que debería ser una comunicación permanente y horizontal entre gobernantes y gobernados, en muchas ocasiones, tiene un tufillo de arrogancia y altanería de parte de quienes ejercen la función pública. La relación del ser humano con el poder es un tema de toda la historia de la humanidad. Está claro que el poder envanece, y en muchos casos, al saberse poseedores de cierto control sobre la vida de otros, se lo usa para beneficio estrictamente personal o grupal.

Estoy en total desacuerdo que autoridades usen obras públicas para promover su imagen personal. Me parece una aberración y una ilegalidad ver carteles con el rostro de empleados públicos (presidente, vicepresidente, gobernadores, alcaldes, ministros, etc.) en la entrega o anuncio de obras estatales. Peor aún, que se bauticen planes con el nombre de la autoridad que los ejecuta. No es él quien “cumple”, él es apenas un administrador de nuestros recursos y lo que está haciendo es cumplir con el trabajo para el que lo hemos elegido. La plata es nuestra. Son nuestros impuestos y contribuciones los que permiten financiar esos planes. Si algún político quiere tener una pancarta con su rostro, la debería costear con parte del sueldo que le pagamos todos los meses.

Si gozan de ciertas ventajas y privilegios (aviones, helicópteros, vagonetas, viáticos, etc.) es porque queremos que tengan las mayores facilidades para hacer mejor su trabajo. Esas prerrogativas, que no las tiene el ciudadano común, no los hace diferentes o superiores. Están ahí por un tiempo determinado, si no hacen bien su pega, se tendrán que ir.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s