Publicado en El Deber el 15 de septiembre de 2017

La investigación para una publicación me llevó a descubrir un tema que siempre me pareció mágico: la música como evocadora de recuerdos. Estudios del cerebro han comprobado que cuanto más importante es la nostalgia rememorada, se produce una mayor actividad cerebral. La zona dorsal del córtex prefrontal medial conecta melodías y memorias. Así que, si a alguien se le ha puesto la piel de gallina al escuchar una pieza musical o le han saltado las lágrimas por la letra de una canción es porque los acordes de esa melodía desatan una cascada de pensamientos y emociones que lo pueden transportar a revivir un momento del pasado.

Al parecer, cada periodo de nuestra vida tendría su propia banda sonora. Un bebé en el vientre escucha el latido del corazón y la voz de su madre como una pista rítmica que lo acompaña por nueve meses. Los ruedos infantiles y las canciones de la niñez escolar son el sonido de nuestros primeros años. La agitada adolescencia o la rebelde juventud tienen también su sello musical particular para cada generación. La serena adultez está marcada por estímulos sonoros que dejan surcos y huellas de recuerdos. Hay interesantes experiencias de musicoterapia para mejorar la atención y memoria en pacientes que padecen alzhéimer.

Incluso las épocas y ciclos históricos de un país pueden resumirse en los sones de algunas tonadas. Los recurrentes y violentos golpes de Estado del siglo pasado en Bolivia tenían sus marchas, que se escuchaban en cadena nacional hasta que la junta militar de turno terminaba de tomar posesión del poder. Los partidos políticos, que se gestan a partir de la Revolución Nacional y de la recuperación democrática posterior, tenían sus canciones representativas. La cueca La caraqueña, compuesta en el exilio, era emblemática para quienes estaban lejos y añoraban volver, y se convirtió en un himno de la democracia a conquistar. Falta saber cómo se recordará musicalmente el periodo que estamos ahora viviendo, y que solo la distancia y el tiempo lo podrán descifrar.

A nivel personal, la música y los olores, son los únicos y sublimes evocadores y estímulos de recuerdos de mi terrible memoria. Compases que me suenan familiares, al relacionarlos con determinados acontecimientos de mi vida, me provocan respuestas emotivas conmovedoras que me permiten contradecir la sentencia del maestro Sabina: “No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

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