Publicado en El Deber el viernes 10 de mayo de 2019

El octogenario cineasta Woody Allen, acusado de abusos deshonestos a principios de los años 90, viene intentando conseguir una casa editorial que publique su libro de memorias. No solo no hay interesados, sino que algunos han declarado públicamente que sería “tóxico” trabajar con Allen, además del alto riesgo comercial del proyecto. El director está actualmente en litigio con una de las principales empresas de distribución digital, Amazon, que canceló el acuerdo de comercialización de cuatro de sus próximas películas, una de ellas lista para ser presentada al público, y que Amazon se niega a distribuir. Muchos de los actores que trabajaron con él lamentan y se arrepienten de haberlo hecho. Su propia familia está dividida con relación a la acusación hecha por una de sus hijas adoptivas, que tenía 7 años en esa época. Su exesposa e hijo creen fervientemente en ese testimonio, mientras el otro hijo apoya al padre.

Lo concreto es que, aunque Allen negó reiteradamente todos los cargos y fue exonerado judicialmente, las dudas sobre su comportamiento lo acompañarán el resto de sus días. Con más de seis décadas de carrera, el ganador de varios premios Óscar, como guionista y director, fiel a su estilo polémico y controvertido, emitió unos desafortunados comentarios sobre el #MeToo (“yo debería ser la cara de los carteles del movimiento”), que dado el contexto, fueron “políticamente incorrectos” y terminaron de sepultar cualquier posibilidad de salir indemne de las acusaciones.

En las actuales circunstancias, donde las personas pueden emitir su opinión y hacer juicios de valor sobre hechos públicos, a través de diversas redes sociales, el riesgo de un linchamiento mediático es muy alto. Independientemente de lo que dictamine una corte de justicia o juez competente, toda una carrera profesional, el prestigio personal y el honor de cualquier persona puede hacerse pedazos en cuestión de minutos, si la percepción de la gente es que se hizo algo “políticamente incorrecto”. Además, existen pocas posibilidades de reconstruir o recomponer una imagen pública dañada.

En el siglo de la comunicación digital hay muchas tiranías y esclavitudes, pero ninguna es tan aterradora como la de lo “políticamente correcto”. El miedo al qué dirán, a cómo se verá lo que hago o digo, al qué pensarán los otros sobre mis acciones, paraliza cualquier libertad o libre albedrío de hacer lo que uno quiera con el comprensible temor de que pueda ser interpretado como contrario a lo que todo el mundo piensa o cree que es correcto.

Son muy pocas las voces que se atreven a decir lo que piensan, a sostener y dar razones de sus opiniones y creencias, y a defenderlas públicamente sin miedo a ser aniquiladas por la moderna “inquisición”. La imposición externa, mediática y artificialmente consensuada, hace que nos cohibamos de expresarnos en público como realmente pensamos, y aún peor, sino conocemos la terminología que está de moda y que, supuestamente, es la correcta.

Es loable el intento de evitar en el lenguaje y en nuestro comportamiento situaciones de exclusión (machismo, racismo, prejuicios, discriminación, etc.). Pero, ¿el miedo al linchamiento cambiará nuestras creencias?, ¿se erradicarán las injusticias?, ¿no estaremos construyendo una sociedad políticamente correcta, pero más hipócrita que la anterior?

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