Publicado en El Deber el viernes 17 de mayo de 2019

“Las redes sociales han traído velocidad, pero también un cortocircuito informativo, una sobredosis”, señala el periodista mexicano Juan Villoro. Es evidente que el acceso masivo al Internet afectó nuestra manera de relacionarnos con la información. Una mayoría de la población se informa de los hechos de actualidad a través de redes sociales (Facebook, Twitter, WhatsApp) antes que de medios tradicionales (radio, televisión, prensa escrita). La libre circulación de información en la web abrió un mar de oportunidades para la libertad de expresión, pero también introdujo nuevos desafíos, tanto para el lector como para el periodismo.

La falta de reflexión o la dificultad para discernir y analizar lo que se lee es un problema generalizado que afecta a los usuarios de plataformas digitales de todas las edades. Si se consume y se cree en casi todo lo que circula en la web sin preguntarse el origen, la intencionalidad, la veracidad o la relevancia de un dato se corre el riesgo de ser víctima de manipulación o desinformación. Es necesaria una lectura crítica y reflexiva que distinga información de publicidad o propaganda; que ante la duda, contraste datos con otras fuentes; y que sepa filtrar información falaz y descontextualizada.

Hace un par de décadas, la Unesco decía que una persona alfabetizada era la que sabía leer y escribir. Hoy esa definición no alcanza y la Unesco la cambió por “saber leer reflexivamente”: interpretar, analizar, procesar y formar la opinión propia. Entonces, la única respuesta válida en Bolivia es encarar un programa y campañas de alfabetización informacional (en inglés, information literacy ) que consiste en adquirir la capacidad para saber cuándo y por qué se necesita información, dónde encontrarla, cómo evaluarla, utilizarla y comunicarla de manera ética. Este tipo de alfabetización es un prerrequisito y competencia básica de cualquier ciudadano que quiera participar eficazmente en la sociedad de la información.

Las fake newso noticias falsas, con un formato seudoperiodístico, se emiten con la intención deliberada de engañar, inducir al error, manipular decisiones personales, desprestigiar o enaltecer a una persona o institución u obtener ganancias económicas o rédito político. En procesos electorales, como el que vivimos en nuestro país, compartir materiales sin reflexionar sobre su autenticidad, puede perjudicar la propia democracia y afectar los resultados del escrutinio.

Otra cosa, muy distinta, es la sátira. Una noticia ficticia publicada con ironía y sarcasmo, en tono de broma, no puede ser considerada fake news en un sentido estricto, ya que su objetivo es humorístico, está muy clara su evidente falsedad y no busca confundir al lector, sino entretenerlo. El humor contra el poder mata, pero de risa. Ya lo dijo, con mucha propiedad el nobel de literatura, Darío Fo: “la sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”.

La burla, el ridículo, la sátira, el sarcasmo, la caricatura, la ironía o la parodia son las armas y municiones del vecino común, que desde su celular, computadora o tableta usa el humor picaresco para enfrentarse a quienes amenazan con que debemos andar con las redes sociales bajo el brazo.

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