Publicado en El Deber el viernes 24 de mayo de 2019

En Bolivia hay temas tan sensibles que no se los puede tratar públicamente con honestidad, ecuanimidad y amplitud. Además de nuestro centenario enclaustramiento marítimo, el otro tema que está contaminado de hipocresía y complejos es el de hacer deporte en altura. Competir en fútbol en altura, sin aclimatación previa, reduce el desempeño físico de un futbolista. Por lo tanto, el equipo local que juega en campos deportivos sobre los 2.500 metros sobre el nivel del mar saca una evidente ventaja de sus rivales por su nivel de adaptación física. Sostener públicamente estas conclusiones, que todos los que practicamos deporte las sabemos, puede derivar en un juicio por traición a la patria.

Las conclusiones científicas son contundentes: la presión barométrica es mucho menor en la altura, lo que determina una importante pérdida de capacidad aeróbica; la intensa actividad física consume en el cuerpo del futbolista combustibles cruciales: fosfocreatina, glucógeno y glucosa. Al no haber suficiente oxígeno en el momento en el que se descompone la glucosa se produce una acumulación de ácido láctico (lactato) reflejada en la fatiga muscular que incide negativamente en el rendimiento; el exceso de lactato produce agitación, pesadez muscular, pérdida de coordinación motora, menoscabo de la visión espacial y disminución de la fuerza; el soroche también ocasiona mareos, náuseas, malestar estomacal y deshidratación. ¿Todos estos efectos limitantes y de desgaste físico, no son acaso una ventaja para los equipos de altura frente a los del llano?

Según las estadísticas, los llanos bolivianos aportan con el 50% de los casi 400 jugadores habilitados de los clubes profesionales. Seis equipos de catorce, son representantes de Santa Cruz. Sin embargo, el recuento de títulos refleja todo lo contrario: si incluimos los valles, el 85% de los primeros lugares fueron ganados por equipos de altura. Gracias a la ventaja geográfica, los clubes de tierras altas ingresan a un círculo virtuoso: ganan títulos, recaudan más dinero, se fortalecen institucionalmente, conforman equipos poderosos con los mejores jugadores (incluidos los que provienen de los llanos) y vuelven a ganar.

Estoy de acuerdo en que se debe jugar fútbol allí donde se vive, pero si allí donde se vive hay menos oxígeno y se producen cuadros de hipoxia (deficiencia de oxígeno en la sangre, células y tejidos del organismo) se debe buscar una manera de compensar esa innegable ventaja para que los equipos compitan con cierta igualdad de condiciones. No hacerlo es seguir mintiéndonos y engañando con trampas extradeportivas que alimentan victorias falsas e ilusorias.

Intentando ser creativo y no poner ningún límite a la imaginación, anotaré algunas ideas que puedan compensar, en algo, esta incuestionable desventaja de trepar a la altura: permitir 6 cambios al equipo visitante, el doble de lo reglamentario; retomar los torneos regionalizados o jugar primero todos los partidos en altura para dar tiempo a una aclimatación; instaurar un sistema de hándicap que asigne compensaciones: goles de ventaja, puntuaciones adicionales al inicio del torneo, redistribución de recursos, etc.

El uso del viagra, de cámaras hipobáricas, de vasodilatadores pulmonares, de llegar sobre la hora y de tantos otros métodos ensayados, no es la solución para desafíos deportivos torcidos e injustos.

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