Publicado en El Deber el viernes 8 de noviembre de 2019

Escribo cuando han transcurrido quince días del paro en demanda del respeto de nuestro voto en las urnas. Cuando se publique este artículo, quizás hayan algunas claves para avizorar un desenlace, que hasta ahora, es incierto. Lo único cierto es que la vida de los más de dos millones de vecinos de Santa Cruz de la Sierra habrá cambiado después de esta protesta, calificada como “una de las más grandes manifestaciones pacíficas de los últimos tiempos”. Recojo algunas particularidades para tener un registro de este fenómeno social que podría servir de insumo para estudios posteriores.

Paralizar las actividades cotidianas y el tránsito de vehículos nos ha permitido volver a reconocernos en las calles. El perjuicio económico, la incomodidad, y en casos muy aislados, el abuso y la especulación, tienen como contraparte esta otra enorme ganancia social. Paradójicamente, bloqueando hemos descubierto nuestra propia ciudad, a nuestros vecinos y la capacidad de realizar tareas colectivas que antes eran impensables. El conflicto ha despertado sentimientos solidarios y un sentido de comunidad adormecidos: qué grato es dar y recibir un simple “buenos días”; poder conversar con un extraño sin miedo, porque hay temas comunes que nos conciernen; compartir una olla común, preparada con ingredientes que todos hemos aportado; caminar por espacios desconocidos, sin temor a ser asaltados.

Rescato estos testimonios: “Nosotros crecimos en la calle, y nuestros hijos no tienen ese privilegio. Este paréntesis es una probadita de esa experiencia, sin miedo, disfrutándola”. “La intensa convivencia familiar nos ha permitido conocernos”. “El conflicto ha dado pie para que nuestros hijos descubran la historia, sepan de la lucha de sus padres, entiendan aquello que les enseñan en el aula y aprecien los valores democráticos”. “No hay mejor lección de civismo que la de ser parte de una lucha, en familia, protestando por los atropellos y el abuso de poder”. “Nunca antes había entonado tantas veces, y con tanto fervor, el himno”. “El grupo de WhatsApp nos ha permitido organizar turnos, dar avisos de alerta y mantener una comunicación más fluida en el barrio. Esto ya es una ganancia social incalculable”. “Las bicis y los árboles serán vistos y valorados de otra manera después del paro”. “Cuando el arte apoya a las causas populares la combinación es imparable”.

En los puntos de bloqueo y en las rotondas es donde hay una mayor interacción social. De repente, sentados en las barricadas o amarrando nuestras pititas, hemos conocido el nombre de nuestros vecinos, de la señora de la venta, o le hemos cantado el cumpleaños feliz a un vecino desconocido que ahora es nuestro compañero de trinchera. Entonar estribillos de protesta a coro, reír con los geniales memes, diseñar un futuro con los politólogos de a pie, dar el santo y seña para pasar un punto con la bici, saborear un mocochinchi bajo 36 grados, no tiene precio. La interacción de distintas generaciones y diversos estratos socioeconómicos provocará resultados insospechados en el tejido social cruceño.

El vaivén de las pititas es el símbolo de un país libre y democrático. Costará volver a la rutina, que mi nieta reacomode sus horarios y en lugar de “salir a la bandera” y corretear debajo de la sombra de un árbol —en días de calor y ventolera— junto a sus “tíos vecinitos”, pueda volver al kínder.

Extrañaremos la vida de la ciudad en paro.

 

Fotografía: Alvaro Mier.

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